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Por Miguel García Conejo
@kurt2767
Cada 2 de marzo los mexiquenses conmemoramos una fecha que no es solo protocolaria, sino fundacional. Ese día, el Estado de México fue reconocido jurídicamente como entidad federativa, con territorio, nombre e identidad propia.
Nació en un momento clave, cuando México decidió ser República Federal y apostó por estados libres y soberanos como base de su organización política.
Desde entonces, nuestro estado ha sido pilar de la República. Lo fue en sus orígenes, cuando concentraba una quinta parte de la población nacional y un territorio estratégico en el corazón del país; y lo es hoy, como la entidad más poblada, espejo fiel de los contrastes mexicanos.
Aquí conviven el desarrollo industrial y la vocación agrícola, la mancha urbana y los pueblos originarios, la modernidad y la tradición.
Pero el verdadero éxito del Estado de México no está solo en sus cifras, sino en su sociedad.
Las familias mexiquenses han sostenido a la entidad a lo largo de dos siglos: con trabajo, arraigo, migración, esfuerzo cotidiano y una profunda capacidad de adaptación. Son ellas las que han convertido la diversidad en fortaleza.
El estado es un crisol de colores culturales. Lenguas, fiestas, saberes, gastronomía y expresiones populares conviven y se transforman sin perder raíz. Celebrar un año más de vida es reconocer esa riqueza social que, pese a los retos, mantiene al Estado de México como un país dentro del país y como uno de los cimientos vivos de la República Mexicana.