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- Responde Sheinbaum con hechos a los dichos de la corresponsal
- Habla del caso de Javier Duarte señalado por peculado agravado
- Desmiente el ataque contra la familia del cantante Pepe Aguilar
Juan R. Hernández
Por momentos, la mañanera se tensó. Micrófono en mano, mirada retadora y tono elevado, una reportera de Sonora reapareció tras un mes de ausencia con la intención —dicen en el salón— de “reventar” la conferencia. Pero el tiro le salió por la culata.
Frente a la presidenta Claudia Sheinbaum, lanzó la acusación: “mentirosa”, porque supuestamente no habían querido dejar entrar a un periodista. El murmullo recorrió el Salón Tesorería. La respuesta fue inmediata y firme: “No diga mentiras… aquí hay que tratarnos con respeto porque este es un espacio donde nos escucha la gente”.
Silencio incómodo. La mandataria no levantó la voz, pero sí marcó el límite. “Yo no digo mentiras”, remató. Y entonces vino el dato que desinfló el intento de escándalo: el comunicador en cuestión no ingresó porque no llevaba acreditación. Así, sin complot ni censura.
La escena dejó claro que la mañanera —bautizada como “La Mañanera del Pueblo”— es terreno de contraste, pero no de insultos gratuitos. El intercambio quedó como anécdota frente a los temas de fondo que se abordaron.
Sheinbaum habló de la nueva acusación de la Fiscalía General de la República contra Javier Duarte por peculado agravado en recursos para personas con discapacidad. Recordó incluso el escándalo de los medicamentos oncológicos sustituidos por agua destilada con sal durante aquel sexenio en Veracruz. “Eso es un delito”, subrayó.
También defendió que hoy el gobierno no interviene en procesos penales y que corresponde al Poder Judicial resolver. En salud, presumió cifras: 80 hospitales concluidos en la administración pasada y solo 10 pendientes en proceso.
Más tarde, aclaró que el enfrentamiento en Villanueva, Zacatecas, no fue un ataque contra la familia de Pepe Aguilar, sino un operativo policial en el que coincidieron circunstancialmente.
Pero la postal del día fue otra: la reportera que quiso incendiar la conferencia terminó apagada por los hechos. En Palacio, el micrófono es libre… pero el respeto, obligatorio.