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Sarampión como botín político

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Por Ana E. Rosete

Ligereza política irresponsable

En la Ciudad de México estamos viendo algo que me preocupa profundamente: la utilización facciosa de un tema sanitario delicado para golpear al Gobierno. No es nuevo. La oposición suele convertir cualquier coyuntura en oportunidad narrativa. Pero cuando hablamos de sarampión, la ligereza política se vuelve especialmente irresponsable.

La lógica es conocida: tomar cifras aisladas, presentarlas sin contexto y construir una narrativa de colapso. Se omite que el resurgimiento del sarampión es un fenómeno global vinculado a la caída en coberturas de vacunación tras la pandemia. Se ignora que los sistemas de vigilancia epidemiológica están funcionando —porque sin vigilancia no habría datos— y que existen campañas permanentes de inmunización. El matiz no conviene cuando la intención es instalar la idea de crisis absoluta.

En la arena capitalina, algunos actores han optado por convertir el miedo legítimo de madres y padres en herramienta de desgaste político. No presentan rutas alternativas, no plantean presupuestos concretos ni estrategias diferenciadas para grupos vulnerables. El objetivo no es fortalecer la política pública, sino erosionar la confianza en el oficialismo.

Como analista de la dinámica legislativa local, veo con claridad el patrón: se eligen temas sensibles —salud, seguridad, agua— y se sobredimensionan para alimentar una narrativa de incapacidad estructural. Es una apuesta de corto plazo que privilegia la confrontación sobre la responsabilidad.

Criticar es parte esencial del equilibrio democrático. Lo que no es legítimo es usar una enfermedad prevenible como arma discursiva. Cuando la discusión se reduce a consignas, se pierde lo más importante: la confianza pública en las instituciones sanitarias y en las campañas de vacunación.

La Ciudad necesita debate serio, no oportunismo. El sarampión exige información clara, coordinación institucional y corresponsabilidad social. Convertirlo en munición política puede rendir aplausos momentáneos, pero debilita el tejido institucional que, al final, todos necesitamos que funcione.

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