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Por Juan R. Hernández
Por más que el diputado migrante Raúl Torres insista en que sus constantes giras al extranjero se pagan “con dinero propio” y que “no hay registros de recursos públicos”, la afirmación abre más preguntas que certezas. Si así es —y en aras de la tan invocada transparencia—, bien haría en informar al pueblo de México y a los miles de capitalinos que votan desde el exterior cuánto cuesta cada uno de esos viajes. Avión, traslados, comidas, hospedaje. No es un favor: es una obligación moral para quien presume representar a la diáspora mexicana.
Porque, cuando se trata de rendir cuentas, no basta con decir “yo lo pago”. La transparencia no se declama, se documenta. Y más aún cuando se ocupa una curul financiada por los contribuyentes, incluidos aquellos “miles de capitalinos” que sobreviven con trabajos precarios en Estados Unidos y que difícilmente podrían costear los vuelos que su representante presume pagar sin problema.
A ello se suma la respuesta, francamente clasista, que el diputado ofreció cuando fue cuestionado sobre su trayectoria académica. Con tono condescendiente explicó —como si descubriera el hilo negro— que existe “un pájaro con alas de metal llamado avión” que permite ir y venir entre México y Estados Unidos. Una frase que no solo resulta innecesaria, sino ofensiva para quienes no tienen esa posibilidad.
El largo monólogo que siguió, plagado de fechas, comisiones, universidades, títulos con honores cum laude y estadísticas migratorias, pareció más un ejercicio de autopromoción que una aclaración puntual. Nadie puso en duda su formación ni su condición binacional. Lo que se cuestiona es la congruencia entre el discurso y la práctica, entre representar a los migrantes y hablarles desde un pedestal.
Ser binacional no debería traducirse en vivir en dos mundos: uno de privilegios y otro de discursos. Si de verdad se quiere defender a los migrantes, el primer paso es tratarlos con respeto… y rendir cuentas claras, aunque sea, en clase turista.