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Por Ricardo Sevilla
Julio Scherer Ibarra ha escrito un libelo anegado de infundidos y ocurrencias que, en los últimos días, ha dado bastante de qué hablar.
El tipo, describiéndose como un amigo del presidente López Obrador, se dedica a torpedear al gobierno encabezado por AMLO.
En determinado momento, con un gesto hipócrita y paternalista, el cuñado de Juan Ignacio Zavala termina por acusar a Jesús Ramírez Cuevas de un hecho del que no ofrece ninguna prueba. Pero la mayor gracejada es cuando el autor tiene la puntada de acusar al exvocero presidencial con (el fallecido) Carlos Monsiváis.
Y, justo por eso, el libro Ni venganza ni perdón de Julio Scherer Ibarra no es una obra literaria ni un libro de memorias. Es, en el peor de los casos, un artefacto político de demolición. Una vulgar invectiva.
Y es que Scherer, quien fuera el poderoso consejero jurídico de la Presidencia en épocas de AMLO, decidió utilizar su cercanía con el exmandatario para salir a lanzar una furiosa ofensiva contra algunos miembros de la Cuarta Transformación.
Lamentablemente, el motor de esta animadversión no es ideológico, sino financiera. Y es que pocos se atreven a decir que durante décadas, la revista Proceso —fundada por don Julio Scherer García— mantuvo una línea crítica pero dependiente de la pauta gubernamental. Y eso continuó con los gobiernos neoliberales.
Sin embargo, eso terminó en 2018, con la llegada de López Obrador a la presidencia.
Y justo por eso, Scherer, sin disimularlo, termina yéndose a la yugular de AMLO. “El presidente de la República atacó muchas veces a Proceso: lo llamó un medio de derecha”, reprocha el resentido exconsejeo jurídico.
Pero ¿sabe realmente por qué llora tanto Scherer? Se lo voy a decir: porque él, Proceso y sus allegados perdieron el “chayote y la influencia. Y así lo dice el tipo con todas sus letras: “El gobierno del presidente López Obrador le negó la publicidad gubernamental a Proceso, que estuvo a punto de ir a la quiebra”. Es decir: sin chayote la revistilla era incapaz de sobrevivir.
Pero aunque al tipo le duela leerlo, hay una cosa que es irrefutable: Julio Scherer Ibarra tuvo que salir de la Consejería Jurídica en medio de graves denuncias de corrupción. Y Jesús Ramírez Cuevas, más allá de los señalamientos que le lanza Scherer, nunca fue despedido por López Obrador. Eso es un hecho.
Ahora que si de amistades peligrosas hablamos, Scherer Ibarra siempre ha sido cuate de piquete de ombligo de tipos como Javier García Paniagua, Pedro Aspe y Francisco Labastida, entre muchos otros.
Pero, más allá de los amigos que tenga, lo cierto es que el libro de Scherer no es una memoria, es un testamento de despecho. Y, francamente, el autor volvió a hacer lo que bien sabe: operar su propia agenda de intereses personales.
Pobrecillo. Confundió la cercanía con la impunidad; y hoy confunde la crítica con la venganza.