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REDACCIÓN
Cuando el último puesto huyó entre sombras, el centro de Metepec quedó tirado como un cuerpo después de la golpiza. El asfalto amaneció cubierto de vísceras, plásticos rotos y charcos oscuros donde la sangre de pollo y pescado se mezclaba con lodo y grasa.
El hedor era espeso, casi palpable, y salía de las coladeras reventadas como un aliento enfermo que anunciaba plagas.
Minutos después de la medianoche, el ayuntamiento lanzó un operativo de emergencia. Camiones, retroexcavadoras y cuadrillas avanzaron como si acordonaran una escena del crimen. Bajo lámparas amarillas, los trabajadores —con guantes, botas y cubrebocas— levantaban restos putrefactos mientras las máquinas trituraban montañas de basura. El zumbido de moscas formaba una nube viva sobre los desechos.
“Esto parece un matadero”, dijo una vecina, consternada, tapándose la nariz. “Cada semana es lo mismo: sangre, ratas y un olor que no se quita ni con cloro”.
Otro testigo señaló que las coladeras “escupían” líquidos rojizos y que el riesgo de inundación era inminente si no se limpiaba de inmediato.
Las calles principales lucían con brillo enfermizo, como si hubieran sido marcadas a cuchillo. El operativo, descrito por autoridades como indispensable para la salud pública y la imagen turística, tuvo el tono de una necropsia urbana: retirar el cadáver del comercio antes de que el amanecer exhibiera el desastre. Al final, los camiones se llevaron toneladas de residuos. Quedó el silencio, pero también la certeza de que el próximo lunes, la escena podría repetirse.