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A siete días del secuestro de cuatro turistas originarios del Estado de México en la zona turística de Cerritos, en Mazatlán, Sinaloa, el caso permanece estancado: no hay detenidos ni rastro claro de las víctimas.
REDACCIÓN
La arena dorada ya no oculta la huella del terror. En la franja turística de Cerritos, donde el rugido del mar suele confundirse con música y risas, la violencia irrumpió con estruendo.
Hace una semana, un comando armado ejecutó un secuestro limpio, rápido y brutal: cuatro turistas mexiquenses fueron tragados por la noche sinaloense sin dejar rastro.
El grupo había salido a celebrar un cumpleaños. Renta de vehículos Razer, adrenalina y fotos frente al mar. Minutos después, la escena cambió de postal a pesadilla.
Hombres encapuchados, armas largas y gritos secos bloquearon el camino de terracería. “Los bajaron a golpes, los tiraron al piso, había sangre en la cara de uno… nadie pudo hacer nada”, relata un testigo que observó el ataque desde un comercio cercano. El miedo paralizó a todos.
Seis personas fueron privadas de la libertad. Horas después, una mujer y una niña aparecieron abandonadas, en shock, con la ropa sucia y la voz rota. Ellas confirmaron lo impensable: Gregorio, Óscar, Omar y Javier seguían cautivos. “Se los llevaron vivos, pero los golpearon… pedían dinero”, alcanzó a decir la mujer antes de romper en llanto ante paramédicos.
Desde entonces, el silencio pesa más que el calor. Las familias reciben llamadas amenazantes, cifras imposibles, advertencias veladas. Mientras tanto, las autoridades admiten que no hay detenidos ni resultados concretos. El caso, pese a la presión mediática, se diluye entre comunicados y promesas.
Desesperados, los familiares han salido a las calles en Toluca y en la Ciudad de México. Han pedido la intervención directa del gobierno federal. Exigen que los busquen vivos. Que no se archive el expediente. Que no se normalice otro secuestro más.
Mazatlán continúa su rutina turística, pero bajo la superficie, el miedo se quedó a vivir. Cuatro nombres siguen ausentes. Y el reloj del horror no se detiene.