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Por Juan R. Hernández
Después de la exhibida pública a la alcaldía Cuauhtémoc en la mañanera, el malestar ya no sólo proviene de Morena. Al interior de la propia oposición, más de un diputado comienza a incomodarse con el actuar de Alessandra Rojo de la Vega, quien parece más concentrada en sus TikToks que en gobernar. El problema no es menor: su sobreexposición digital ya empieza a generar costos políticos para los legisladores opositores que cargan con su imagen.
Aunque la alcaldesa creó su propio espacio para “derribar mentiras”, la realidad resulta menos amigable que las redes sociales. Mientras el PAN utilizaba cifras de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI, levantada en diciembre, para golpear a las administraciones de Morena, omitió un dato clave: Cuauhtémoc es la única alcaldía gobernada por la oposición que sale mal evaluada en seguridad. De acuerdo con la ENSU, 59.1% de sus habitantes se siente inseguro, un porcentaje que contradice el discurso triunfalista.
La situación se complica aún más en el terreno político, pues sus aliados, PRD y PRI —que le dieron la diferencia mínima para ganar—, según comentan nuestros confidentes, ya meditan seriamente si respaldarán su reelección. A ello se suma que ambos partidos están prácticamente borrados del mapa político capitalino.
Lo peor es que en el Congreso y en diversos sectores de la oposición se escucha que, si Rojo de la Vega busca la reelección en 2027, enfrenta demasiados enemigos políticos y una creciente inconformidad ciudadana. Además, habrá liderazgos locales que simplemente no la apoyarán. Si ganó por la mínima diferencia frente a Caty Monreal, el vaticinio de Sandra Cuevas podría cumplirse: Cuauhtémoc pinta para volverse guinda.
En contraste, mientras algunos juegan a la política de redes, en el Congreso capitalino se avanza —con pasos firmes— en temas de fondo. La Mesa de Trabajo sobre la Participación de Personas Autistas en la Agenda Legislativa mostró un ejercicio poco común: escuchar. Diputados de Morena, PVEM y PAN coincidieron en poner al centro a las familias, el diagnóstico oportuno y la inclusión real, no el aplauso fácil. Quizá ahí esté la lección: menos show y más responsabilidad pública.