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Por Lengua Larga
En el PAN hay diputados que legislan y otros que rumian frustraciones. Ricardo Rubio pertenece, sin duda, al segundo grupo. Desde hace meses parece más ocupado en hablar mal del alcalde de Benito Juárez, Luis Mendoza, que en entender para qué le pagan una curul.
El problema es que sus comentarios tienen el mismo efecto que el viento en Juárez: ninguno. Mendoza sigue gobernando, Rubio sigue quejándose y la política avanza sin pedirle opinión. Pero insistir también es una forma de terapia.
En los pasillos blanquiazules se comenta que el enojo del diputado no es ideológico, sino vocacional. A Rubio le están aplastando —con entusiasmo y sin anestesia— su sueño de gobernar Coyoacán. Y todo apunta a que ese boleto ya tiene nombre y apellido: Héctor Barrera. Cuando el tren pasa y no te subes, lo único que queda es gritarle, pero a Rubio no lo va a escuchar nadie.
A eso se suma otra herida abierta: Mendoza logró ser alcalde antes que él. Y hay cosas que no calientan ni con el sol, pero sí arden por dentro. De ahí la creatividad desbordada: chisme va, chisme viene, a ver si alguno pega. Spoiler: no.
Para colmo, Rubio ya notó que las juventudes del PAN están siguiendo a Mendoza. Jóvenes que caminan, escuchan y se organizan. Jóvenes que entienden —como lo entendió Romero en su momento— que el futuro de la política no se construye desde el berrinche, sino desde el trabajo.
Eso es lo que más molesta. No la crítica, sino quedarse fuera de la conversación. Porque mientras uno construye base, el otro reparte veneno esperando que alguien se intoxique.
La política no es de víboras, es de talacha. Y hoy, Ricardo Rubio habla mucho porque trabaja poco. Tal vez cuando lo entienda, deje de ver enemigos donde solo hay realidades que no le alcanzaron.