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REDACCION
La muerte volvió a recorrer las calles de Naucalpan sobre una motocicleta. Eran poco después de las cinco de la tarde cuando el tableteo de las armas rompió la rutina en la colonia Olimpiada 68. Un joven, no mayor a 25 años, intentó correr, pero fue cazado sin misericordia. Ocho, quizá más, disparos lo alcanzaron por la espalda y el pecho, dejándolo sin vida junto a una camioneta estacionada sobre la vialidad principal.
El asfalto quedó manchado de rojo. Los casquillos, regados como semillas del terror, humeaban aún cuando los vecinos salieron, entre gritos y llanto, a mirar el cuerpo abatido. “Fue una ejecución, así, directa; aquí ya no hay ley”, dijo una mujer que presenció el ataque y se llevó las manos al rostro. Otro testigo, con la voz quebrada, aseguró que los agresores huyeron tranquilos, sin que nadie los persiguiera.
Minutos después, patrullas acordonaron la zona. Llegaron peritos, tomaron fotografías, levantaron indicios. El ritual de siempre. Ningún detenido, ninguna respuesta. La escena se sumó a una cadena de asesinatos que mantiene a Naucalpan en vilo: tres homicidios en menos de un día, en distintos puntos del municipio, sin que la autoridad municipal logre contener la ola.
La sangre derramada vuelve a exhibir el fracaso de la estrategia de seguridad local. Mientras los discursos oficiales prometen control y prevención, las calles se convierten en territorio de sicarios. Vecinos exigen resultados y señalan a las autoridades municipales como responsables de permitir que la violencia se normalice. En Naucalpan, el miedo ya gobierna, y la impunidad sigue jalando del gatillo.