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Una tarde común en la comunidad de El Mogote se tornó en pesadilla cuando un menor de tres años perdió la vida tras caer a un estanque de agua reciclada sin protección
REDACCIÓN
La tarde se partió en dos con un alarido. En El Mogote, el silencio rural fue roto por el grito seco de un padre que acababa de perderlo todo. Eytan Guadalupe, de apenas tres años, cayó al fondo de un estanque de aguas oscuras, espesas, recicladas, convertido en una trampa mortal. Eran los últimos minutos del miércoles cuando el niño se alejó unos pasos de casa y desapareció sin que nadie pudiera detener el destino.
El estanque, una fosa líquida de cerca de 25 metros de largo, diez de ancho y cuatro de profundidad, no tenía malla, barda ni señalización. Vecinos corrieron al escuchar los gritos y se lanzaron a buscarlo entre el lodo y el olor agrio del agua estancada. “Cuando lo sacaron ya estaba morado, no se movía”, narró un testigo con la voz rota y las manos aún temblorosas.
Paramédicos de Protección Civil arribaron a toda prisa. Colocaron al pequeño sobre la tierra húmeda e iniciaron maniobras de reanimación. El pecho no respondió. La respiración nunca volvió. Minutos después, el silencio fue más pesado que el llanto: el menor había muerto ahogado.
La escena se volvió cruda. Policías acordonaron el área con cinta amarilla, mientras peritos forenses levantaban el cuerpo envuelto en una sábana blanca que pronto se manchó de lodo. El cadáver fue trasladado al Servicio Médico Forense para la necropsia de ley. La Fiscalía mexiquense inició una carpeta de investigación para deslindar responsabilidades, aunque el caso se perfila como un accidente marcado por la negligencia.
Habitantes señalaron el estanque como un peligro anunciado. “Eso es una tumba abierta, siempre lo dijimos”, reclamó una mujer entre sollozos. Hoy, El Mogote exige respuestas. La sangre no corrió, pero la tragedia dejó una herida profunda: un niño menos y una comunidad que carga con la culpa de lo evitable.