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Por Ana E. Rosete
En la CDMX solemos confundir el ejercicio de la autoridad con la demostración de fuerza. Y ese es un error que, aunque recurrente, no deja de ser preocupante.
Ayer el director de Jurídico y Gobierno de la Miguel Hidalgo, César Garrido, recorrió calles de la Anáhuac con el propósito de retirar bienes mostrencos de la vía pública. La acción, en sí misma, es correcta y forma parte de las atribuciones legales de cualquier administración que aspire a mantener el orden urbano. El cuestionamiento no está en la decisión, sino en la manera en que se ejecutó.
Llamó la atención la dimensión del operativo: alrededor de diez personas identificadas con chalecos de su dirección, dos camionetas oficiales con la leyenda “Blindar MH” y al menos seis patrullas tipo perrera para el traslado de los objetos retirados. Un despliegue que, más que comunicar orden y legalidad, proyectó una imagen de exceso en una colonia que no atravesaba una situación extraordinaria que justificara tal movilización.
En una colonia que ha sido señalada y está estigmatizada bajo “foco rojo”, el hombre decide que los elementos policiacos dejen de patrullar para ponerlo a recoger enseres de la calle; acto que podrían hacer los de chaleco azul.
En política, las formas no son accesorias; son parte del fondo. Un funcionario que privilegia el impacto visual por encima del diálogo corre el riesgo de erosionar la confianza ciudadana. En la Anáhuac, la percepción vecinal es clara: lejos de generar cercanía, este tipo de acciones han producido distancia y descontento.
No es ajeno al debate público que César Garrido busca posicionarse como una opción rumbo a la alcaldía. Y es que el actuar cotidiano adquiere mayor relevancia. Quien aspira a gobernar debe comprender que la autoridad no se ejerce desde la imposición, sino desde la legitimidad.
Le recuerdo como un elemento eficaz durante su etapa en el PAN, cuando formó parte del equipo de Jorge Romero, había entonces una lógica de operación política más clara y un mejor equilibrio entre ambición y resultados. Hoy se le ha asignado el mote del “manotas”: alguien que intenta abarcar demasiado, sin consolidar del todo, signo de una realidad sumamente alterada.