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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
El amanecer del sábado en el municipio de Nicolás Romero llevó consigo una escena de terror en los caminos de terracería de San José del Vidrio. Entre la maleza seca y el polvo del camino Lanzarote, un hombre joven yacía boca abajo, inmóvil, con la cabeza destrozada por impactos de bala. Vestía una sudadera negra con la palabra “PORSCHE” estampada en la espalda; a un costado, una mariconera negra parecía guardar secretos que nunca serán contados.
El hallazgo lo hizo un vecino que se dirigía a su jornada laboral. “Pensé que era basura tirada, pero cuando vi la sangre sentí que se me doblaron las piernas”, narró, aún conmocionado. El charco oscuro bajo el cuerpo confirmaba que la muerte fue violenta y reciente. De inmediato, policías municipales y estatales acordonaron la zona, mientras curiosos observaban en silencio.
La escena no era aislada. Apenas el viernes, a pocos metros y en condiciones similares, otro joven de entre 20 y 25 años fue encontrado ejecutado en un predio baldío, con casquillos calibre 9 milímetros regados a su alrededor. Dos cuerpos, dos días, el mismo territorio.
Peritos de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México realizaron el levantamiento del cadáver más reciente y recolectaron indicios balísticos. Las autoridades investigan si ambos homicidios forman parte de una misma cadena de violencia, presuntamente ligada a ajustes de cuentas.
Mientras los cuerpos esperan ser identificados en el SEMEFO, en San José del Vidrio el miedo se ha instalado como un vecino más. “Aquí ya no sorprende escuchar balazos, lo que duele es ver a muchachos tirados como animales”, dijo una mujer entre lágrimas. Nicolás Romero suma así otro capítulo sangriento en una entidad donde la muerte se ha vuelto rutina y las respuestas siguen enterradas.