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Por Eduardo López Betancourt
En México, los sindicatos han tenido una presencia política y social significativa. Estas organizaciones de trabajadores surgieron con el objetivo de mejorar las condiciones laborales y de constituir un contrapeso frente a la voracidad de los patrones, particularmente en contextos de abuso y desigualdad.
El sindicalismo moderno nació en el siglo XIX, durante la Revolución Industrial. Fue en 1866 cuando se fundó la primera organización sindical formal en los Estados Unidos de América. Poco tiempo después, nuestro país siguió ese ejemplo y, en 1878, se creó el Gran Círculo de Obreros de México, sentando las bases del movimiento obrero nacional.
Con el paso del tiempo, la mayoría de los trabajadores mexicanos quedó afiliada a algún sindicato. No obstante, sus dirigentes no siempre han actuado con rectitud ni con un auténtico compromiso hacia las bases que representan. En muchos casos, el liderazgo sindical se ha convertido en un instrumento para obtener beneficios personales, alejándose del interés colectivo.
La organización obrera más importante de México fue la Confederación de Trabajadores de México (CTM), cuyos orígenes estuvieron marcados por el liderazgo de Vicente Lombardo Toledano. Intelectual de sólida formación y calidad moral destacada, Lombardo Toledano fue un férreo defensor de los derechos laborales, impulsor de la educación obrera y fundador de la Universidad Obrera de México en 1936. Su trayectoria académica y política lo colocó como una figura central del sindicalismo mexicano.
Lamentablemente, su ejemplo, particularmente en lo referente a la honradez y al genuino beneficio de los trabajadores, no ha sido seguido. En la actualidad, numerosos líderes sindicales se han perpetuado en sus cargos, afectando gravemente la democracia interna y debilitando la capacidad de negociación frente a los patrones. Casos emblemáticos son los de Francisco Hernández Juárez, con más de cincuenta años al frente del sindicato de telefonistas; Víctor Flores Morales, con treinta y un años liderando al gremio ferrocarrilero; y Napoleón Gómez Urrutia, quien durante más de dos décadas ha encabezado el sindicato minero, acumulando una fortuna incalculable y heredando el liderazgo de su padre. A estas prácticas se suma otra conducta igualmente criticable: la constante afiliación de los dirigentes sindicales a partidos políticos por razones meramente convenencieras y personales, utilizando a los trabajadores como moneda de cambio en negociaciones ajenas a sus verdaderas necesidades.