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Por Eduardo López Betancourt
Groenlandia es la isla más grande del mundo, con una superficie aproximada de 2 millones 166 mil kilómetros cuadrados. Se localiza en el Atlántico Norte, entre el océano Ártico y el Atlántico, y forma parte del Reino de Dinamarca. Este vasto territorio enfrenta desafíos significativos, entre ellos el acelerado derretimiento de su capa de hielo y los impactos ambientales derivados de la explotación de sus recursos naturales. Su población, que apenas supera los 50 mil habitantes, basa principalmente su economía en la pesca y la caza.
La relevancia estratégica de Groenlandia radica en su enorme riqueza natural. Cuenta con importantes yacimientos de las llamadas “tierras raras”, además de litio, cobalto, oro, rubíes y diamantes. A ello se suman estimaciones de grandes reservas de petróleo y gas, sin dejar de lado su vasta disponibilidad de agua dulce y una abundante fauna marina. Todo ello convierte a la isla en un punto de interés geopolítico de primer orden.
Estas condiciones han despertado el interés de diversas potencias. Incluso se ha llegado a hablar de una posible intención de control por parte del gobierno de los Estados Unidos. En particular, el presidente Donald Trump ha expresado de manera abierta que Groenlandia debería formar parte de territorio estadounidense, llegando incluso a plantear incentivos económicos para que sus habitantes acepten incorporarse a la llamada Unión Americana. Sin embargo, dicha propuesta ha sido rechazada por la población groenlandesa, que ha manifestado su deseo de continuar formando parte del Reino de Dinamarca.
Como consecuencia de esta postura, y en un acto ampliamente cuestionado, Trump ha impuesto aranceles del 25 por ciento a diversas naciones europeas que han expresado su respaldo a Dinamarca para mantener la soberanía sobre la isla y sus vastos recursos. Esta decisión ha generado tensiones adicionales en el escenario internacional.
Lo cierto es que el Presidente estadounidense continúa abriendo múltiples frentes de conflicto, propiciando un clima de confrontación y rivalidad que debilita la cooperación global. Frente a este panorama, resulta indispensable que el mundo impulse una nueva orientación geopolítica, basada en el respeto a la soberanía, el desarrollo equitativo y la cooperación internacional.
Es inaceptable que aún existan regiones donde las libertades son prácticamente inexisten-tes y donde el rezago económico persiste de manera alarmante. Numerosas naciones, particularmente en África y Sudamérica, reclaman inversión, desarrollo y, sobre todo, sistemas democráticos sólidos. Atender estas demandas no solo sería un acto de justicia internacional, sino que contribuiría de manera decisiva a frenar los flujos masivos de migrantes indocumentados que buscan mejores condiciones de vida en los países industrializados.