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DIANA SÁNCHEZ BARRIOS
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Inauguro esta columna semanal abordando un tema que, para muchas personas, es motivo de integración social y celebración, mientras que, para otras, se ha convertido en una fuente de exclusión: los sonideros.

La multiculturalidad que caracteriza a la Ciudad de México ha sido, históricamente, un factor determinante para el surgimiento de diversas manifestaciones artísticas y de entretenimiento. Es en los barrios, colonias y plazas donde esta diversidad cultural cobra vida a través de expresiones populares que no solo generan identidad colectiva, sino que fortalecen la vida comunitaria y resignifican el espacio público. En este entramado cultural, los sonideros representan una de las manifestaciones más vivas y con mayor arraigo territorial en nuestra capital.

El reconocimiento de los sonideros como patrimonio cultural inmaterial de la Ciudad de México, en octubre de 2023, constituyó un paso fundamental. No obstante, este reconocimiento simbólico debe traducirse en reglas claras, derechos garantizados y condiciones institucionales que permitan su ejercicio pleno. Como legisladora, considero indispensable armonizar el marco jurídico para materializar los derechos de las comunidades que sostienen estas expresiones y para reconocer, de manera efectiva, su valor cultural.

Quienes se dedican a esta actividad enfrentan obstáculo como permisos inciertos, operativos arbitrarios, decomisos de equipos y suspensiones. La ausencia de certeza jurídica vulnera el derecho humano a la cultura y afecta directamente a la economía popular que se desarrolla en torno a los sonideros, de la cual dependen numerosas familias.

Este impacto no es neutro. Las mujeres que participan como sonideras, locutoras, organizadoras, comerciantes o trabajadoras culturales enfrentan condiciones particularmente adversas. La informalidad, la falta de permisos claros y los operativos de verificación las colocan en situaciones de mayor riesgo económico y jurídico. Cuando no existen reglas objetivas, quienes resultan más afectadas son aquellas personas que históricamente han sido excluidas del acceso equitativo al espacio público.

Con una perspectiva de derechos humanos y de género, desde el Congreso de la Ciudad de México, me comprometo a crear e impulsar mecanismos claros, accesibles y no discrecionales que regulen estas actividades culturales. Armonizar y actualizar la ley permitirá fortalecer la actuación institucional bajo criterios de legalidad, proporcionalidad y coordinación.

Defender a los sonideros es defender la cultura viva de la ciudad, el trabajo comunitario y el derecho de todas las personas a habitar el espacio público con plena dignidad.

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