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Derechos, cuidados e intimidaciones

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Juan R. Hernández

En la Ciudad de México conviven, de manera casi cotidiana, debates de fondo sobre derechos humanos con episodios que exhiben la rudeza del clima político. En esa dualidad se mueve hoy la agenda pública: por un lado, la exigencia de una ciudad más incluyente; por otro, prácticas que tensan la convivencia democrática.

La diputada Juana María Juárez López, de Morena, puso el acento donde pocas veces se coloca: en la necesidad de reconocer al Trastorno del Espectro Autista (TEA) como un eje central para la sociedad. Hablar de autismo, dijo, no es un gesto discursivo, sino un compromiso con la diversidad, la inclusión y la garantía plena de derechos. Su llamado apunta a una deuda histórica: construir entornos empáticos en salud, educación y vida comunitaria, donde la atención oportuna, la capacitación especializada y el acompañamiento a las familias no sean excepciones, sino regla.

En paralelo, otro tema dejó ver el rostro áspero de la política. El alcalde de Álvaro Obregón, Javier López Casarín, denunció haber sido seguido e intimidado por una motocicleta tras salir de un acto oficial en el Centro Histórico. Más allá del episodio, el señalamiento es grave: intimidar no es oposición, es degradar la democracia. Normalizar estas prácticas, como advirtió el propio alcalde, abre la puerta a escenarios donde el miedo sustituye al debate.

Y mientras unos intimidan, otros cargan silenciosamente con el peso del cuidado. Los resultados de la preconsulta sobre el Sistema de Cuidados, presentados por Cecilia Vadillo y Víctor Varela, son contundentes: el trabajo de cuidados sigue teniendo rostro de mujer. Siete de cada diez personas cuidan o han cuidado a alguien; tres de cada cuatro son mujeres; más de la mitad dedica jornadas interminables, muchas veces sin pago ni apoyo alguno. No es casual que más del 92% exija que el Estado asuma esta responsabilidad.

Autismo, cuidados, intimidación: temas distintos que confluyen en una misma exigencia social. Una ciudad que respete derechos, que distribuya de manera justa las cargas invisibles y que destierre la violencia como herramienta política. Porque sin inclusión, sin cuidados y sin reglas democráticas claras, cualquier discurso de transformación se queda incompleto.

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