Síguenos

¿Qué estás buscando?

CDMX

Movilidad urbana: La ciclovía como espejo de México

Visitas

Un recorrido en bicicleta por la ciclovía de Tlalpan revela una obra inconclusa donde peatones, automovilistas y ciclistas conviven en el desorden, reflejo de una ciudad que avanza entre prisas, agendas y falta de planeación.

Javier Lether

Ciudad de México.- Pedalear no es solo avanzar: es esquivar. Es leer el asfalto como si fuera un mapa de contradicciones. La ciclovía de la calzada de Tlalpan, también llamada La Gran Tenochtitlán, está trazada, pero no terminada.

Diario Basta realizó un recorrido en bicicleta por este tramo. No para medir metros ni contar bolardos, sino para observar lo que ocurre cuando una obra pública se encuentra con la vida real. El punto de partida fue el bajo puente de Taxqueña, uno de los segmentos donde la ciclovía sigue inconclusa y donde la ciudad parece condensarse en unos cuantos kilómetros.

Hay tramos sin señalización clara, charcos que recuerdan que el drenaje sigue siendo una deuda histórica, basura acumulada en las orillas y una iluminación que se desvanece conforme uno se interna bajo el puente. La oscuridad ahí no es solo la falta de lámparas; es la ausencia de orden.

La escena es caótica, pero no excepcional. Personas caminan sobre la ciclovía porque la banqueta está ocupada por obras, maquinaria o comercio improvisado. Automóviles se detienen donde no deberían. El acto abre la pregunta: ¿no hay otra opción visible o es falta de cultura cívica? Motocicletas cruzan sin distinguir carriles. ¿Desobediencia o adaptación? Cada quien ocupa el espacio que puede, como puede y como quiere.

Al fondo, Tlalpan sigue siendo Tlalpan. Uno de los corredores históricos de prostitución en la Ciudad de México, donde la ciclovía no borra la realidad, solo la atraviesa. Trabajadoras sexuales esperan clientes mientras ciclistas pasan a unos metros; camiones del transporte público invaden carriles; peatones cruzan con prisa. Todo sucede al mismo tiempo, sin jerarquías claras.

La ciclovía, dicen algunos, parece diseñada por personas que no usan bicicleta. Tal vez por eso el exceso de infraestructura no siempre se traduce en seguridad. Hay quienes celebran su construcción como un avance hacia la movilidad sustentable y quienes la ven como una imposición. En el recorrido queda claro que aquí no hay buenos ni malos. Hay agendas.

La obra se inscribe en un discurso mayor: la modernización rumbo al Mundial de Futbol 2026. Se repite que es por el futuro, por la ciudad que vendrá. Pero en el presente, el ciclista pedalea entre zanjas abiertas, carriles reducidos y una convivencia forzada entre peatones, bicicletas, autos y transporte público.

Bajo el puente de Taxqueña, la ciclovía se vuelve un espejo del país. No porque fracase, sino porque muestra cómo se construye: a medias, con prisas y sin diálogo suficiente con quienes la usan. No se puede culpar al peatón que camina sobre ella cuando no hay banqueta. Ni al ciclista que frena de golpe. Ni al conductor que invade el carril. El problema no es individual, es estructural.

La pregunta queda suspendida en el aire denso del bajo puente: ¿para quién se construye la ciudad?, ¿a quién afecta y a quién beneficia?, ¿qué se cumple y qué se sacrifica? Pedalear por Tlalpan no da respuestas, pero deja claro algo: la ciclovía no es solo una obra de movilidad, es un síntoma. Y como todo síntoma, señala algo más profundo que aún no se quiere mirar.

Te puede interesar

Advertisement