Visitas
El velorio de Teresa de Jesús Tavera Guadarrama y de su hija Cindy se convirtió en un acto colectivo de indignación, ante un brutal asesinato a martillazos
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Cuautitlán Izcalli amaneció envuelto en un silencio cargado de rabia y dolor. El velorio de Teresa de Jesús Tavera Guadarrama y de su hija Cindy no fue sólo un acto de despedida, sino la expresión de una comunidad quebrada por la violencia. Las dos mujeres fueron asesinadas a martillazos, presuntamente por Eric Antonio N., pareja sentimental de la joven, quien continúa prófugo mientras la indignación crece en las calles.
El crimen dejó una estampa imposible de borrar: un niño de seis años, hijo de Cindy, presenció el ataque y fue localizado encerrado en un baño. Para vecinos y familiares, este hecho marca un punto de quiebre. “Esto ya no es un caso aislado, es la muestra de que aquí la violencia se desbordó”, lamentó una mujer que acudió al velorio y abrazó a los deudos.
La conmoción se extendió más allá del duelo. En colonias y redes sociales, el reclamo apunta al ayuntamiento encabezado por Daniel Serrano. Habitantes acusan que la autoridad municipal no ha sabido atender las causas estructurales de la violencia, particularmente la que se ejerce contra mujeres, y que las acciones se limitan a reacciones tardías sin prevención real. “Vivimos con miedo, y nadie nos escucha”, denunció un vecino.
El doble feminicidio expone un clima de ruptura profunda en el tejido social de Izcalli: una comunidad que se siente desprotegida, un agresor prófugo y una infancia marcada por el horror. Para muchas familias, la tragedia confirma que la inseguridad no solo cobra vidas, sino que erosiona la confianza en las instituciones. En Cuautitlán Izcalli, el luto se ha transformado en una exigencia colectiva de justicia y de un cambio que, hasta ahora, no llega.