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Cuando la lealtad estorba y el trabajo incomoda

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Por Lengua larga

En política, la traición rara vez llega con estruendo. No avisa, no da la cara y casi nunca se explica. Simplemente ocurre. Y cuando ocurre, suele venir de quien menos debería. Eso es, a grandes rasgos, lo que rodea hoy la historia de Mónica Sandoval, una mujer que aprendió —a la mala— que en el poder la gratitud es una moneda que se devalúa rápido.

Porque sí, hay que decirlo sin rodeos: Mónica Sandoval fue traicionada. No por la oposición, no por los adversarios naturales, sino desde casa. Desde el mismo proyecto político que hoy encabeza Alessandra Rojo de la Vega, quien decidió darle la espalda a una de las pocas figuras que ha entendido que gobernar no es posar para la foto, sino ensuciarse los zapatos.

La historia es conocida en los pasillos del poder, aunque pocos se atreven a decirla en voz alta. Cuando llegó el momento de respaldos, de cerrar filas, de cumplir acuerdos, la alcaldesa optó por el silencio. Y en política, el silencio también es un mensaje. Uno claro: “arréglatelas sola”.

Pero aquí viene el dato incómodo: Mónica Sandoval no solo se arregló sola, sino que lo hizo mejor de lo que muchos esperaban.

Desde su curul —ese espacio que algunos usan como cómodo mirador— Sandoval decidió hacer lo que otros evitan: salir. Caminar colonias, escuchar a vecinas, atender conflictos reales y no solo los que caben en un boletín de prensa. Mientras en la alcaldía se privilegiaba la narrativa y el reflector, ella optó por el territorio. Mientras otros gobernaban desde el escritorio, ella entendió que la política se construye en la calle.

Y eso, paradójicamente, suele incomodar más que la crítica abierta.

Porque una mujer que trabaja, que da resultados sin pedir permiso y que no se victimiza, estorba. Estorba a quienes creen que el poder se ejerce desde la jerarquía y no desde el compromiso. Estorba a quienes confunden liderazgo con control. Y, sobre todo, estorba a quienes no toleran que alguien brille sin deberles nada.

La traición, entonces, no fue solo personal. Fue política. Fue el intento de minimizar a una figura que no pidió reflectores, pero que se los ganó. Que no tuvo el respaldo institucional, pero sí el respaldo de la gente. Y eso, en tiempos de marketing político, vale más que cualquier cargo.

Hoy, Mónica Sandoval es el ejemplo incómodo de que se puede hacer política sin aplausos oficiales, sin bendiciones desde arriba y sin traicionar principios. Y Alessandra Rojo de la Vega, queriéndolo o no, queda retratada como parte de ese viejo vicio de la política: abandonar a quienes trabajan cuando ya no convienen.

Al final, el tiempo pone a cada quien en su lugar. A unas, caminando calles. A otras, explicando silencios.

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