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Por Juan R. Hernández

El desalojo del Refugio Franciscano en Cuajimalpa destapó una realidad incómoda: en la Ciudad de México, los albergues de animales operan en una especie de tierra de nadie.

La polémica no solo exhibió imágenes duras y versiones encontradas, también dejó al descubierto un vacío legal que por años fue ignorado por autoridades y legisladores.

En este contexto, la propuesta presentada por la diputada del PVEM, Rebeca Peralta León, para crear un registro único de refugios y rescatistas abre un debate necesario.

Hoy no existe un censo confiable que diga cuántos refugios hay, cuántos animales resguardan ni en qué condiciones sobreviven. Todo se mueve entre la buena voluntad, la precariedad y, en algunos casos, el abuso.

El problema no es menor. Sin reglas claras, cualquier espacio puede autodenominarse “refugio”, operar sin supervisión y acumular animales sin infraestructura, recursos ni personal capacitado. El resultado suele ser el mismo: hacinamiento, enfermedades, maltrato y tragedias anunciadas. La falta de regulación termina castigando justo a quienes se pretende proteger.

La iniciativa plantea que las alcaldías lleven el control y supervisión de estos espacios, obligándolos a cumplir estándares mínimos de bienestar, alimentación y manejo ético.

No se trata de criminalizar a rescatistas ni de asfixiar a colectivos, sino de transparentar una labor que hoy depende más del sacrificio personal que del respaldo institucional.

Que Morena y el Verde respalden la propuesta y anuncien foros de parlamento abierto es una señal positiva, siempre y cuando no se quede en discurso. El caso del Refugio Franciscano —con más de 900 perros y gatos desalojados— mostró lo que ocurre cuando la autoridad llega tarde y sin marco jurídico sólido: los animales pagan el costo.

Regular no es perseguir. Regular es ordenar, prevenir y proteger. Si el Congreso capitalino quiere estar del lado del bienestar animal, esta ley no puede quedarse en buenas intenciones ni en reacción a un escándalo mediático. La ciudad necesita reglas claras, antes de que el próximo refugio colapse en silencio.

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