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La desaparición de Santiago Martínez Larios, de 16 años, profundiza la alarma social. El adolescente salió el 5 de enero para hacer una compra y no regresó. Su caso se suma al de Jeshua Cisneros Lechuga, de 18 años, desaparecido desde noviembre
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Una diligencia cotidiana terminó por abrir un abismo. Santiago Martínez Larios, de 16 años, salió de su casa en el fraccionamiento Urbi Quinta Montecarlo la tarde del 5 de enero con la intención de comprar una bocina. No llegó a la tienda ni regresó a casa. Desde entonces, su teléfono permanece en silencio. “No hubo discusiones ni señales de riesgo; salió tranquilo. Después, nada”, relata un familiar, con la voz quebrada.
El caso reavivó una herida que ya estaba abierta. Desde el 13 de noviembre pasado, la familia de Jeshua Cisneros Lechuga, de 18 años, busca sin descanso una pista que explique su ausencia. Dos desapariciones, dos jóvenes de edades similares y un mismo territorio que hoy concentra el temor colectivo. “Aquí los jóvenes se volvieron vulnerables. Cada salida es una angustia”, expresa una vecina que participa en los recorridos de búsqueda.
Las familias señalan que la respuesta oficial ha sido tardía y fragmentada. Aunque existen carpetas de investigación en la FGJEM, aseguran que los avances no se comunican con claridad. Ante ello, vecinos han organizado brigadas, difundido fichas, revisado cámaras de seguridad y tocado puertas. “No podemos quedarnos de brazos cruzados; si no empujamos nosotros, nadie lo hará”, afirma un padre solidario con la causa.
El impacto social es visible. Comercios, escuelas y colonias replican las fichas de búsqueda; los grupos vecinales hierven de mensajes y advertencias. “Ya no dejamos salir solos a nuestros hijos, ni a la esquina. Vivimos con miedo”, confiesa una madre mientras comparte, una vez más, las imágenes de Santiago y Jeshua.
Más allá de los nombres, el reclamo es común: protección para la juventud y acciones concretas que devuelvan la tranquilidad. La comunidad exige patrullajes efectivos, investigaciones diligentes y coordinación real entre autoridades. Mientras el tiempo avanza y la incertidumbre se instala, Izcalli permanece en vilo, aferrada a una sola exigencia: que sus jóvenes regresen a casa con vida y que la impunidad deje de marcar el ritmo de sus calles.