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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Enero llegó con más peso del habitual y, lejos de representar un nuevo comienzo, se ha convertido en un recordatorio de lo difícil que resulta sostener el gasto cotidiano. En mercados, misceláneas y supermercados, el comentario es el mismo: todo cuesta más y el salario no alcanza. La llamada “cuesta de enero” ya no es una transición temporal, sino una carga que se prolonga y desgasta emocional y económicamente a los hogares.
En los carritos de compra la realidad es evidente. Las familias pasan más tiempo comparando precios que eligiendo productos. “Lo que antes me alcanzaba para quince días ahora apenas dura una semana. Hay que ir recortando poco a poco”, relata Patricia Hernández, vecina de Toluca, mientras calcula si lleva huevo o carne, pero no ambos.
La inflación subyacente cerró diciembre en 4.6%, y ese dato técnico se traduce en presión directa sobre alimentos, transporte y servicios básicos. El economista de la UNAM, Willebaldo Gómez, explica que la tensión comercial con Estados Unidos durante 2025 impactó los costos de producción y distribución, y sus efectos siguen reflejándose en los precios actuales. Aunque el peso fuerte ha evitado un escenario peor, no alcanza para aliviar el desgaste diario.
En colonias populares, el ajuste se vive con resignación, pero también con enojo. Familias que antes podían cubrir sin dificultad la quincena ahora dependen de créditos, fiados o sacrificios. “Nos dicen que la economía está estable, pero no lo está en la mesa de la gente”, reclama don Ernesto, comerciante.
La denuncia ciudadana es clara: mientras los indicadores macroeconómicos celebran estabilidad, la vida cotidiana se encarece sin que existan apoyos reales o estrategias visibles que protejan el poder adquisitivo. La cuesta de enero ya no se sube, se sobrevive.
