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Por Gustavo Infante Cuevas
El sábado en Arabia Saudita, fuimos testigos de lo que, sin exagerar, podría considerarse como la pelea más aburrida en la carrera de Saúl Canelo Álvarez. No hubo emoción, no hubo drama, no hubo espectáculo. William Scull no salió a pelear, salió a sobrevivir. Se la pasó corriendo todo el combate, sin intención real de intercambiar golpes. Y si bien el cubano-alemán tiene talento defensivo, lo del sábado fue simplemente inaceptable para una función de ese calibre.

Del otro lado, Canelo hizo lo que pudo… o lo que quiso. Porque tampoco se esforzó por cerrar los espacios ni por cortar el ring como en sus mejores noches. Parecía más un entrenamiento de doce rounds que una pelea por el campeonato indiscutido de las 168 libras. El mexicano ganó por decisión unánime, sí, pero nadie se levantó de su asiento. Las tarjetas fueron más movidas que el propio combate.

Lo más emocionante no ocurrió con guantes puestos, sino al final: el anuncio oficial del combate ante Terence “Bud” Crawford, el 12 de septiembre en el Allegiant Stadium de Las Vegas. Ahí sí hubo fuego. Ahí sí hubo miradas serias. Ahí sí se encendió el mundo del boxeo. Porque si algo necesita este deporte, y Canelo en particular, es una verdadera guerra… y esa, con Crawford, está por llegar. ¿La del sábado? Fue vergonzoso.