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Relaciones Exteriores: un novel funcionario 

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Por Eduardo López Betancourt

(Roberto Velasco Álvarez)

En nuestro sistema presidencial, el mandatario designa con plena libertad y criterio subjetivo a los denominados secretarios de Estado. Su propio nombre lo indica: son colaboradores directos del Ejecutivo y están sujetos a las instrucciones presidenciales, a las cuales deben acatar sin restricción ni condicionante alguna.

En otros sistemas políticos, estos funcionarios reciben el título de ministros y son designados por los órganos legislativos, generalmente a propuesta del Ejecutivo, lo que genera una corresponsabilidad institucional. En el caso de México, salvo dos o tres excepciones, el Senado está obligado a confirmar las designaciones; sin embargo, en la práctica es inusual que se presente oposición a las candidaturas propuestas, de modo que el Ejecutivo goza de amplia y absoluta libertad en la materia.

Recientemente se produjo la renuncia, atribuida a razones de salud, de quien fuera rector de la UNAM y secretario de Salud durante el sexenio de Ernesto Zedillo. En efecto, Juan Ramón de la Fuente fue enviado en su momento para ponerse al frente de la Máxima Casa de Estudios en un período de profunda crisis institucional. Posteriormente se mantuvo activo en la escena política y fue designado embajador ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para ocupar finalmente, durante el presente sexenio, la Secretaría de Relaciones Exteriores. Su salida, insistimos, se atribuye a motivos de salud, y en su lugar fue designado Roberto Velasco Álvarez, funcionario con experiencia relativamente limitada en el ámbito diplomático: inició su trayectoria en la dependencia hace apenas seis años como director de comunicación, y hoy se le encomienda una responsabilidad de considerable delicadeza.

Cabe recordar que México ha enfrentado serios conflictos en el plano internacional; con varias naciones hermanas de Sudamérica ha sostenido fricciones que derivaron en la ruptura de relaciones diplomáticas, situación que no resulta en modo alguno conveniente para los intereses nacionales. No debe perderse de vista que México ha construido y sostenido una respetabilidad histórica y bien ganada en el ámbito del derecho internacional, por lo que resulta indispensable recuperar ese prestigio.

Es de desearse, en consecuencia, que el novel canciller esté a la altura del desafío y salga adelante en tan delicada encomienda, por el bien de México y de su política exterior.

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