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Por Ana E. Rosete
Los problemas se ignoran
Hay algo profundamente revelador en la Ciudad de México durante Semana Santa: cuando millones se van, lo que queda al descubierto no es solo el tráfico más ligero o las calles medio vacías, sino los huecos, enormes, de política pública.
He aprendido que los momentos de “pausa” dicen más que los de crisis. Y esta temporada vacacional es uno de ellos. Porque mientras el gobierno presume operativos, cifras alegres y actividades culturales, la realidad es que la ciudad entra en una especie de piloto automático donde los problemas de fondo simplemente se administran o se ignoran.
La movilidad es un buen ejemplo. Sí, hay menos autos, pero también menos vigilancia, menos transporte en algunas rutas y una planeación que parece diseñada para un día festivo aislado, no para un periodo completo. ¿Qué pasa con quienes no tienen el privilegio de salir? Trabajadores, comerciantes, personal de salud: para ellos, la ciudad no se detiene, pero el Estado sí se repliega.
Luego está el tema de seguridad. Cada año se repite el mismo guion: despliegues anunciados con bombo y platillo, pero sin una estrategia clara de prevención diferenciada para colonias que se vacían y se vuelven más vulnerables. Casas solas, negocios cerrados, calles con menos ojos. Es el escenario perfecto para delitos que, curiosamente, pocas veces aparecen en los balances oficiales.
Y qué decir del espacio público. Parques sin mantenimiento, basura acumulándose en zonas turísticas, servicios urbanos operando a medias. La ciudad turística que se quiere vender choca con la ciudad real que no logra sostener ni lo básico cuando baja la presión cotidiana.
Pero el problema de fondo es más estructural: no existe una política pública pensada para la temporalidad.
La Semana Santa no es una sorpresa en el calendario, es un fenómeno social predecible, medible y, sobre todo, gestionable. Sin embargo, cada año se aborda como si fuera un imprevisto.
Gobernar también es anticipar los silencios, no solo reaccionar al ruido.
Y en ese silencio parcial de la ciudad, lo que queda claro es que seguimos teniendo una administración que funciona mejor en la inercia que en la estrategia. Porque mientras algunos descansan, la política pública también parece tomarse vacaciones. Y esa, en una ciudad como esta, es una ausencia que pesa demasiado.