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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
La tarde del miércoles se tensó como cuerda cuando, tras más de una hora de retraso, la reja metálica crujió y dejó escapar a María Carlota N., la mujer que en el argot de la nota roja fue marcada como “la abuelita sicaria”. No salió en silencio: salió entre gritos, entre manos alzadas, entre un coro de voces que la elevaban como si hubiera vencido a algo más grande que la ley. La mujer de la tercera edad permanece vinculada a proceso por su presunta participación en el homicidio de dos masculinos, así como tentativa de homicidio; sin embargo, tras el cambio de su medida cautelar continuará su proceso en prisión domiciliaria.

Desde antes de la una de la tarde, el pequeño grupo que aguardaba ya mostraba impaciencia. Los minutos se hicieron largos y el rumor creció: que no llegaba el brazalete, que faltaba un trámite, que otra vez la burocracia metía las manos. Su hijo y abogado, Arturo Santana Alfaro, caminaba de un lado a otro con el rostro endurecido. “Es absurdo, ya estaba todo ordenado”, soltó, mientras golpeaba con la mirada los muros del reclusorio.
Cuando por fin la puerta cedió, el ruido fue inmediato. La mujer apareció frágil, sostenida, pero envuelta en una energía que no le pertenecía del todo. Sus ojos húmedos no esquivaron a la multitud. Algunos la aplaudían; otros grababan; unos más murmuraban con desconfianza. “¡No está sola!”, gritó una mujer entre lágrimas. A unos pasos, un hombre con voz quebrada lanzó: “La juzgaron antes de tiempo… aquí nadie sabe lo que vivió”.

El paso de María Carlota fue lento, casi arrastrado, pero firme. La escena, más cercana a una salida de hospital que a un penal, se tornó caótica. Empujones, celulares en alto, rostros expectantes. La tensión se mezcló con una extraña celebración que incomodaba a quienes observaban en silencio.
“Se la llevaron como si fuera peligrosa, pero mírenla… es una señora”, murmuró otra testigo, con la mirada fija en la camioneta blanca que ya la esperaba. La frase quedó flotando, como eco incómodo entre la multitud.
Antes de desaparecer entre puertas y cristales polarizados, la mujer alcanzó a decir, apenas audible: “Fue defensa… nada más”. Sus palabras se quebraron igual que su voz.
La unidad arrancó y con ella se fue la figura que durante meses alimentó titulares, morbo y versiones encontradas. Atrás quedaron los gritos, el polvo levantado y la sensación de que, en ese punto exacto, la justicia no terminó de cerrarse… sólo cambió de escenario.