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Por Ricardo Sevilla
Nunca he entendido la lógica (ni las acciones) de Ricardo Salinas Pliego.
Muchos sostienen que el tipo es un cínico. Y eso se sabe. Tienen razón. Pero el sujeto es algo más que un empresario con poder económico.
El tipo tiene una larga lista de atrocidades y, pese a todo, tiene la cara dura de lanzar dardos pestíferos contra el gobierno. Todo mundo sabe que denostó al expresidente López Obrador y, ahora, a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Por si fuera poco, este prestamista le debe al fisco, insulta a las mujeres, a las autoridades. Tiene la lengua larga y viperina.
Y todos sus embates lo hace desde sus estudios televisivos. Salinas Pliego le paga a un puñado de presentadores de noticias (Alatorre, Villalvazo, López San Martín) para que golpeen a los objetivos que él les ordena.
Pero, definitivamente, hay algo más profundo (y funesto) en el lenguaje del dueño de TV Azteca. Se trata de una deleznable performance de poder. ¿Y sabe por qué? Porque el tipo estaba acostumbrado a hacer lo que le pegaba su regalada gana. Durante los gobiernos del PRI y el PAN tuvo derecho de picaporte a Los Pinos.
Salinas de Gortari, Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón fueron sus amigos. Pero no solo eso. Les hacía campaña de lucimiento y, a cambio, le dieron contratos millonarios.
Pensó que las cosas serían iguales con AMLO y Sheinbaum. Pero no fue así. Y eso provocó que el usurero montara el cólera. Ahora sus ataques se han recrudecido. Ya no utiliza eufemismos para insultar.
Y que no se nos olvide que, a principios de 2026, Salinas Pliego se vio inmerso en una polémica internacional debido a que su nombre aparece en múltiples ocasiones (alrededor de 26 veces) en los documentos del caso de Jeffrey Epstein, el empresario estadounidense condenado por tráfico sexual y pedofilia.
Lo que uno se pregunta, llegados a este punto, es: ¿Por qué un misógino y deudor fiscal sigue conservando la concesión televisiva? ¿No es alarmante? ¿Hasta dónde llegará este sujeto? ¿No hay quién lo detenga?