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REDACCION
GRUPO CANTÓN
En el municipio de Temascalcingo el agua estaba en calma, pero debajo acechaba la tragedia. Juan Pablo, de apenas 17 años, se lanzó a nadar en la presa de Juanacatlán, sin imaginar que ese instante sería el último. Bastaron segundos para que el espejo líquido se cerrara sobre su cuerpo y lo hiciera desaparecer sin dejar rastro.
Los gritos rompieron la tarde. “¡Ya no salió, ya no salió!”, repetían quienes estaban en la orilla, con la mirada fija en un punto donde solo quedaban ondas que se diluían lentamente. El silencio del agua se volvió insoportable.

El reporte movilizó a elementos de Protección Civil y al grupo de buzos del SUEM, quienes ingresaron al embalse con equipo especializado. Cada inmersión era una carrera contra el tiempo. En la superficie, la angustia se acumulaba en rostros desencajados.
“Se metió como cualquier joven, riéndose… pero de pronto ya no lo vimos. El agua se lo tragó”, narró una vecina entre lágrimas, aún en shock por lo ocurrido.
Tras varios minutos de búsqueda en las profundidades turbias, los rescatistas emergieron con el cuerpo inerte del adolescente. No hubo maniobra que lo devolviera. La escena se quebró en llanto.

El sitio se convirtió en un corredor de dolor: familiares colapsados, curiosos enmudecidos y autoridades acordonando la zona. Peritos de la Fiscalía realizaron las diligencias mientras el cuerpo era cubierto con una sábana, marcando el final de una vida que apenas comenzaba.
La rabia también salió a flote. Habitantes denunciaron que la presa carece de señalización y vigilancia, pese a que no es la primera vez que ocurre una tragedia similar.
“Aquí nadie advierte el peligro. Los muchachos vienen porque no hay otro lugar, pero esto es una trampa mortal”, reclamó un poblador.
Mientras el cuerpo era trasladado al SEMEFO, la comunidad quedó sumida en el dolor… y en la certeza de que la tragedia pudo evitarse.