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La obscenidad de envejecer

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Por Ana E. Rosete

Precariedad en la mayoría

Hay algo profundamente obsceno en la forma en que México envejece.

En México, envejecer se ha convertido en una prueba de resistencia más que en una etapa de descanso. La promesa de una jubilación digna es, para millones, una ficción que se desvanece al primer recibo, al primer medicamento, al primer intento por estirar un ingreso que simplemente no alcanza. Y seamos francos, la 4T, nos guste o no, ha evidenciado las pensiones doradas que unos cuantos cobran.

Mientras una mayoría enfrenta la precariedad, subsisten aún las llamadas “pensiones doradas”: reliquias de un sistema que durante años privilegió a una élite burocrática con ingresos desproporcionados.

Exfuncionarios que, bajo esquemas ya extintos pero vigentes en sus efectos, reciben montos que contrastan brutalmente con la realidad de quienes apenas sobreviven con unos cuantos miles de pesos al mes.

El problema no es sólo moral, es estructural.

México arrastra décadas de informalidad laboral que hoy pasan factura: millones de personas nunca cotizaron lo suficiente —o nunca cotizaron— y dependen de apoyos gubernamentales que, aunque necesarios, resultan claramente insuficientes. La pensión universal ha ampliado la cobertura, sí, pero no ha resuelto la precariedad.

La escena es cotidiana y dolorosa: adultos mayores trabajando en la calle, no por elección, sino por necesidad. Vendiendo, cargando, resistiendo. No es romanticismo de la “vejez activa”; es abandono institucional disfrazado.

Eliminar los excesos de las pensiones privilegiadas es apenas un primer paso. El verdadero desafío es construir un sistema equitativo y sostenible que garantice algo elemental: que después de toda una vida de trabajo, la vejez no sea sinónimo de carencia.

Porque un país que normaliza que sus viejos sigan luchando por sobrevivir, es un país que ha decidido olvidar.

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