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Por Ana E. Rosete
Hay algo profundamente revelador —y preocupante— en la escena pública que protagonizaron la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, y el secretario de Vivienda de la Ciudad de México, Inti Muñoz, a propósito del derrumbe en Calzada San Antonio Abad.
No es solo el cruce de declaraciones. Es lo que deja ver: una ciudad donde la coordinación institucional parece más un discurso que una práctica.
“¿Cómo supervisas algo que ni siquiera sabes cuándo empezó?”, lanzó Rojo de la Vega, con una mezcla de incredulidad y reproche que, más allá del tono, apunta a un vacío serio: la trazabilidad de las obras en una de las zonas más densamente habitadas y vulnerables de la capital. Si el responsable de vivienda no tiene claridad sobre el origen de una construcción que terminó en colapso, entonces el problema no es solo técnico, es estructural.
Pero tampoco es menor la otra arista. La alcaldesa acusa señalamientos “sin sustento” y el incumplimiento de acuerdos de coordinación. Traducido al lenguaje político: nadie quiere cargar con el costo. Y eso, en una ciudad donde los riesgos urbanos crecen, por desarrollos irregulares, supervisión laxa y corrupción histórica en el sector inmobiliario, resulta francamente alarmante.
Lo que estamos viendo no es un pleito personal. Es la radiografía de un modelo de gobernanza fragmentado, donde las alcaldías y el gobierno central operan más como adversarios que como aliados. Y en medio de ese jaloneo, quedan los ciudadanos… y los escombros.
Porque después del derrumbe vienen las preguntas incómodas: ¿quién autorizó?, ¿quién supervisó?, ¿quién falló? Pero, sobre todo, ¿quién responde?
En política urbana, la ignorancia no es excusa. Es responsabilidad. Y cuando se admite, aunque sea de forma indirecta, lo que se exhibe no es solo desconocimiento, sino la precariedad de los mecanismos de control.
La Ciudad de México no necesita funcionarios que se señalen entre sí. Esa es la realidad. Lo que necesita son autoridades que sepan, y que puedan explicar, exactamente qué está pasando en cada obra que se levanta. Lo demás, es ruido. Y el ruido, en estos casos, también es una forma de negligencia.