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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Solo en dos ocasiones me he negado a saludar a ciertos personajes que no solo considero indeseables, sino auténticos monumentos a la cobardía y, más aún, a la perversidad. Tal fue el caso de la famosa “güera” Gertz. Debo admitir que fue mi cónyuge quien me impulsó a despreciar a tan indigno y execrable individuo. Precisamente contra ese personaje estoy actuando legalmente, aunque no albergo demasiadas esperanzas de éxito, dadas las múltiples componendas que suelen tejerse en los más altos ámbitos del poder, particularmente aquellas que se acuerdan “por debajo de la mesa”.
El otro caso ocurrió con quien usurpó la presidencia de la República a mi amigo Cuauhtémoc Cárdenas. El tartufo Salinas perdió aquellas elecciones; sin embargo, en complicidad con Miguel de la Madrid y otros personajes igualmente taimados, terminó llegando a la Presidencia de manera descarada, tiránica y profundamente antipatriótica.
El episodio tuvo lugar en casa de mi buena amiga Viviana Corcuera, durante una cena en honor del expresidente de la República Argentina, Fernando de la Rúa. En aquella reunión también fue invitado Salinas. Cuando intentó saludarme, yo estaba sentado junto al doctor José Narro, opté por hacerme el distraído. Conté además con la complicidad de Javier Quijano: ambos evitamos estrechar la mano de aquel aciago personaje, convencidos de que su conducta lo retrataba con claridad: la de un usurpador.
Todo esto lo menciono porque, por regla general, suelo corresponder al saludo de quien me ofrece la mano, aun cuando sepa que muchas veces proviene de individuos falsos o hipócritas, consumidos por la envidia y la mezquindad, cuya pequeñez moral se refleja en su conducta cotidiana.
Salinas, al igual que Gertz y otros personajes igualmente abyectos, viven hoy en el extranjero, prácticamente expatriados de por vida. Ese, quizá, sea el castigo más duro que puede enfrentar un ciudadano mexicano. Salinas se mueve con discreción, evitando los reflectores y apareciendo en público de manera esporádica.
La llamada “güera” Gertz, por su parte, pretende ampararse en una supuesta impunidad diplomática; sin embargo, ha debido abandonar permanentemente los lujos y la fortuna mal habida que acumuló. Hoy se ha convertido en un simple funcionario de la Cancillería mexicana, aunque todo indica que su permanencia no será duradera. Lo cierto es que difícilmente volverá a pisar tierra mexicana.
Al final de cuentas, tanto Salinas como Gertz son figuras impresentables de nuestro País, personajes marcados por una historia oscura en la que los abusos y las sombras del poder han sido constantes. Durante años acumularon enormes riquezas que ahora deben ocultar, confinados al oscuro laberinto de la ignominia.