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Por Ricardo Sevilla
El PT y el Partido Verde son unas rémoras. Y volvieron a quedar al descubierto.
Pero como son unos auténticos bribones, todavía se hacen los dignos. No votaron a favor de la reforma electoral y, ahora, al anunciar que impulsarán un Plan B, estos supuestos “aliados” de Morena volvieron a sacar el cobre.
Lamentablemente, la arquitectura electoral mexicana ha permitido la creación de un sistema donde la ideología es secundaria frente a la supervivencia financiera. Y el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) han perfeccionado el arte de la negociación por bloqueos.
Históricamente, estos partidos han operado bajo un esquema de “comodín”: aportando los puntos porcentuales necesarios para la mayoría calificada a cambio de reformas que aseguren su registro legal.
Y si hay algo que no les convenga, no dudan en traicionar.
Sin la coalición con Morena, el PT y el PVEM enfrentan el abismo del 3% de la votación nacional, umbral mínimo para mantener el registro. En las últimas tres elecciones federales, su votación base ha mostrado una volatilidad que los sitúa en la “zona de extinción” si compitieran en solitario.
Actúan como una fuerza centrífuga. Oficialmente apoyan el proyecto de nación, pero internamente condicionan su voto para mantener privilegios como el control de prerrogativas y candidaturas plurinominales.
El cinismo es el lenguaje oficial de quienes cambian ideología por prerrogativas.
El PT y el Verde no son partidos políticos; son empresas de supervivencia electoral con registro oficial.