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Por Ana E. Rosete
Por años, el discurso político en la Ciudad de México ha sido cómodo: cuando algo falla, el gobierno es el único culpable. Y aunque muchas veces esa crítica es legítima, hay problemas urbanos donde la realidad resulta bastante más incómoda. Los basureros clandestinos son uno de ellos.
La alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, publicó recientemente un video grabado en Tepito que retrata con crudeza esa contradicción. En las imágenes se observa cómo el camión de basura recoge los residuos acumulados en un punto de la calle. Todo queda limpio. Pero apenas unos minutos después, los vecinos comienzan nuevamente a dejar bolsas, cajas y desperdicios en el mismo sitio.
La escena dura unos minutos, pero dice mucho más sobre la ciudad que cualquier discurso político.
Porque sí, es verdad que la recolección de basura en la capital tiene fallas estructurales. Hay rutas saturadas, horarios poco claros, colonias donde el camión pasa a horas imposibles y trabajadores que operan con recursos limitados. También es cierto que el crecimiento del comercio informal —muy presente en zonas como Tepito— genera volúmenes de residuos que el sistema simplemente no alcanza a absorber.
Pero hay otra parte de la historia que rara vez se dice en voz alta: la basura no aparece sola.
Los tiraderos clandestinos existen porque alguien decide dejar ahí su bolsa. Porque alguien más piensa que “si ya está sucio, da lo mismo”. Porque el vecino asume que el espacio público no le pertenece y, por lo tanto, no tiene responsabilidad sobre él.
Es la tragedia clásica de lo público: lo que es de todos termina siendo de nadie.
Aquí es donde el debate se vuelve políticamente incómodo. Porque si bien es fácil responsabilizar a la autoridad, y hay razones para hacerlo, también es necesario reconocer que la cultura cívica pesa tanto como la política pública.
¿Hasta dónde llega la responsabilidad del gobierno? ¿Y hasta dónde comienza la de los ciudadanos?
Si el camión acaba de pasar y minutos después vuelve a formarse un basurero, el problema ya no es exclusivamente institucional. Es cultural.
La pregunta de fondo es incómoda pero inevitable: ¿tenemos el gobierno que merecemos o el que estamos dispuestos a exigir?