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¿Lealtad política o conveniencia personal? 

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Por Ana E. Rosete

La lealtad en política suele durar exactamente lo que dura la conveniencia. Y lo ocurrido esta semana en el Congreso con la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum es un ejemplo de manual sobre cómo operan los aliados cuando el cálculo político pesa más que cualquier compromiso.

No nos confundamos, aquí no se defiende a nada ni nadie, se escribe sin fobias ni filias políticas pero sí con la claridad del ser.

El Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México, esos mismos que durante años han cabalgado al amparo del poder de Morena, decidieron dar un paso atrás justo cuando el proyecto requería cohesión. La reforma electoral impulsada desde Palacio Nacional —y defendida por la mayoría morenista— terminó naufragando entre ausencias, votos en contra y silencios incómodos que dejaron al descubierto lo que muchos dentro del oficialismo preferían no admitir: la alianza legislativa no es tan sólida como se presume.

Conviene recordarlo. Cuando se trató de obtener curules, financiamiento y posiciones políticas, tanto el PT como el PVEM caminaron sin rubor bajo la sombra de Morena. Sabían que la fuerza electoral del partido guinda los arrastraría hacia el Congreso y les garantizaría supervivencia política. Sin ese impulso, su presencia legislativa sería, por decir lo menos, marginal.

Pero cuando la discusión giró hacia un tema de fondo —la reforma electoral que buscaba modificar reglas del sistema político y que inevitablemente obligaba a cada partido a medirse frente al voto popular— la indignación apareció de repente. Los mismos aliados que no tuvieron reparo en colgarse del arrastre electoral de Morena hoy levantaron la ceja, marcaron distancia y se envolvieron en una súbita defensa de la pluralidad democrática.

El resultado fue elocuente: 259 votos a favor frente a 234 en contra. Insuficientes para alcanzar la mayoría calificada que exige una reforma constitucional. Y en ese margen se esfumó la iniciativa presidencial. No fue sólo una derrota legislativa. Fue, sobre todo, una exhibición de fragilidad política.

Porque lo que ocurrió no puede interpretarse simplemente como una diferencia técnica o una discusión de matices. Fue una deserción calculada. Una decisión fría de aliados que, llegado el momento de comprometerse con una reforma estructural, optaron por preservar su propio margen de maniobra.

En otras palabras: disfrutaron las mieles de la alianza, pero evitaron el costo político de respaldarla plenamente.

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