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Son muchas marchas en una sola: grupos de madres buscadoras, de hijas que perdieron a su mamá, de estudiantes, de colectivas y más
Ana E. Rosete
GRUPO CANTÓN
Ciudad de México.– En la CDMX, el 8 de marzo no amanece como cualquier otro día. Desde temprano, el centro empieza a cambiar de ritmo. Las calles alrededor del Ángel de la Independencia, de la Glorieta de las Mujeres que Luchan y del Monumento a la Revolución se llenan de pañuelos morados, de carteles escritos a mano, de glitter, de consignas que no necesitan altavoces porque llevan años repitiéndose. El aire huele a aerosol, ansiedad, furia, nostalgia y miedo. Es una mezcla extraña: protesta y fiesta, duelo y esperanza.
La marcha del Día Internacional de la Mujer en la CDMX, en realidad, son muchas marchas. Son las madres que caminan con fotografías plastificadas colgadas del pecho; las hijas que perdieron a su mamá; las estudiantes que corean consignas con megáfono; las colectivas que avanzan organizadas y tomadas del brazo; las que caminan en silencio, con el rostro cubierto, cargando un dolor que no siempre cabe en una pancarta. Y, sí, son las del bloque negro que pelean por todas, las que hacen camino al andar.

Las primeras en llegar suelen ser las familias de desaparecidas. Ellas no gritan tanto. Caminan más despacio. Se sostienen entre ellas; llevan retratos con nombres, fechas y edades congeladas. Las fotografías muestran sonrisas adolescentes, uniformes escolares, selfies que nadie imaginó que terminarían impresas en tamaño cartulina.
Ahí están las que nos faltan. Las madres avanzan entre el ruido de los tambores y las consignas, pero su marcha tiene otro ritmo: el de la búsqueda interminable. Algunas llevan años viniendo cada 8 de marzo. Otras llegan por primera vez, todavía sorprendidas de estar ahí. Alrededor de ellas, la ciudad ruge, exige, reclama, demanda. “¡Ni una más!”, “¡Vivas nos queremos!”, “¡Se va a caer!”
El grito es colectivo, casi tribal. Rebota entre los edificios de Reforma que las ha visto como olas de jaracandas y baja por las avenidas como una ola que no termina. Las jóvenes saltan, cantan, ríen. Se pintan la cara unas a otras. Se prestan plumones para escribir sobre carteles improvisados. En la superficie parece fiesta, pero debajo late algo más profundo: una rabia que ya aprendió a organizarse.
Los contingentes avanzan por bloques. Las universitarias llegan en manadas de facultades enteras. Las trabajadoras del hogar caminan juntas. Las colectivas feministas despliegan mantas gigantes que hablan de aborto legal, de brecha salarial, de violencia institucional.
También están las mujeres policías, apostadas a lo largo del recorrido con escudos translúcidos. Algunas miran al frente; otras bajan la vista cuando pasan los carteles que denuncian abusos dentro de las propias corporaciones. Por primera vez, caminan todas sin miedo, con una rabia que las mueve como una marea peligrosa que daña masculinidades.
En algún punto del recorrido, alguien prende una bengala morada. El humo se levanta y tiñe el cielo gris de la tarde. Es un color que ya se volvió símbolo: rabia, memoria, resistencia.
Más adelante, aparece el contingente separatista. Ahí el tono cambia. Los rostros están cubiertos con paliacates o pasamontañas. Los escudos improvisados se alzan como muralla. Cuando avanzan, el ruido de los golpes contra las vallas metálicas retumba como tambor de guerra.
Las pintas aparecen en muros, monumentos, estaciones del metro. No son grafitis al azar: son nombres, acusaciones, consignas. Para algunas son vandalismo. Para otras, la única manera de escribir en una ciudad que durante décadas les cerró los espacios.
“Nos están matando”. La frase aparece una y otra vez.
Mientras tanto, otros contingentes caminan cantando. Algunas bailan. Otras se abrazan. Hay madres con niñas pequeñas sobre los hombros, adolescentes que marchan por primera vez y mujeres mayores que recuerdan cuando el feminismo apenas empezaba a asomarse en la conversación pública. Cada generación trae sus propias heridas.
En algún momento del recorrido, alguien lee nombres por altavoz. La multitud responde al unísono: “¡Presente!”. Es el ritual más poderoso de la marcha. Nombrar a quienes ya no están. Convertir la ausencia en eco.
Cuando el sol empieza a caer, el Zócalo se vuelve un mosaico de velas, pancartas y cuerpos cansados. Algunas se quedan sentadas en el suelo, otras siguen coreando consignas. Las madres de desaparecidas forman círculos de oración improvisados. Las colectivas discuten estrategias para la siguiente movilización.
Porque el 8 de marzo no termina cuando la marcha acaba. Termina, en todo caso, cuando la ciudad vuelve lentamente a su normalidad. Cuando los servicios de limpieza comienzan a borrar pintas. Cuando las calles se vacían. Cuando el eco de las consignas se diluye entre el tráfico nocturno.
Pero hay algo que no se borra. Cada año, la marcha vuelve a crecer. Cada año, llegan nuevas mujeres con historias que contar y otras con cuentas pendientes que exigir.
La marea feminista en la CDMX no es una protesta de un día. Es una memoria que camina.
Y una ciudad que, aunque a veces se resista, ya no puede fingir que no escucha.