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Por Miguel García Conejo
@kurt2767
Cada 8 de marzo las calles se llenan de voces que incomodan, de consignas que sacuden y de imágenes que algunos prefieren no ver.
No es casualidad. La protesta de las mujeres no surge de la nada ni responde a una moda; es la consecuencia acumulada de años de violencia, impunidad y silencio.
Frente a un escenario donde los feminicidios y las desapariciones continúan marcando la vida cotidiana, las marchas del 8M se han convertido en un grito colectivo contra la normalización del horror. Cuando una mujer pinta una pared, derriba una valla o golpea una puerta institucional, no lo hace por capricho: lo hace porque del otro lado de esa puerta muchas veces no hay respuestas.
Quienes se escandalizan por una ventana rota deberían escandalizarse antes por una vida perdida.
Porque el verdadero daño no está en los muros rayados, sino en las familias que buscan a sus hijas sin ayuda, en los expedientes que duermen en escritorios oficiales y en la indiferencia social que todavía pregunta qué hizo la víctima.
La rabia que se expresa en las calles también es el reflejo de un fracaso colectivo. Fallamos todos fallamos como sociedad al formar generaciones de hombres que repiten patrones de violencia aprendidos, tolerados o minimizados.
Por eso el 8M no es solo una marcha; es una ruptura con la resignación. Las mujeres ya no caminan solas. Caminan juntas, se nombran entre ellas y se acompañan en la búsqueda de justicia.
Si la historia ha sido construida sobre silencios, hoy el mensaje es otro: que lo destruyan todo… menos la esperanza de vivir sin miedo.