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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
La tragedia rondó San Lucas Tunco cuando la noche avanzaba sigilosa. Nadie vio al pequeño salir de casa. Bastaron unos minutos para que el silencio se volviera grito y el miedo se apoderara de la familia. El niño de dos años había desaparecido.
“Fue un infierno, sentí que se me moría el alma”, contó una vecina que ayudó a buscarlo entre calles oscuras y terrenos baldíos. Los nombres del menor se perdían en el aire mientras las linternas rasgaban la noche.

La policía municipal activó el protocolo de búsqueda. Drones, cámaras y patrullas cerraron el cerco. El tiempo pesaba como plomo. Fue entonces cuando uno de los elementos escuchó un sonido apenas perceptible: un llanto ahogado que venía de la tierra.
El horror se reveló al asomarse a una zapata abandonada. En el fondo, entre agua estancada y lodo, estaba el niño, aferrado al concreto, con los labios morados y la mirada perdida. “Pensamos lo peor, estaba casi inmóvil”, relató un oficial.

Sin dudarlo, un policía descendió con una cuerda. El agua helada le llegaba al torso cuando alcanzó al menor. Al sentir el contacto, el niño lloró con fuerza, arrancándole lágrimas a quienes observaban desde arriba.
Al sacarlo, la madre se desplomó. Vecinos aplaudieron, otros rezaban. Una ambulancia lo trasladó al hospital; el diagnóstico fue favorable: hipotermia leve y raspones.
Horas después, el niño fue dado de alta. La zapata sigue abierta, como una boca esperando otra víctima. Esta vez, la muerte perdió. El menor volvió a casa, arrancado de la oscuridad por manos uniformadas que evitaron una desgracia.