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Por Eduardo López Betancourt
Con resonancia internacional
El pasado 5 de febrero se conmemoró un aniversario más de nuestra excelsa e histórica Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Se trata de una fecha emblemática: gracias a este documento fundamental, el país inició un proceso de institucionalización que permitió dejar atrás la lucha armada. Aunque en los años posteriores persistieron algunos enfrentamientos, la Carta Magna sentó las bases para superar los conflictos derivados tanto de tensiones internas como de la intervención norteamericana, sin desconocer las profundas injusticias sociales que padecía la mayoría de la población.
Fue en Querétaro donde se discutió y aprobó la Constitución de 1917, cuyo contenido tuvo resonancia internacional al incorporar las llamadas Garantías Sociales. El artículo 27 otorgó a las masas campesinas certeza jurídica y control sobre la tierra; el artículo 123 reconoció derechos esenciales a la clase trabajadora. Aquellos principios colocaron a México a la vanguardia del constitucionalismo social. Durante décadas, en las escuelas se honró la Constitución con genuino civismo, fomentando en la niñez respeto y admiración por el máximo ordenamiento jurídico de la nación.
Sin embargo, de 1917 a enero de 2026, la Constitución ha sido reformada en exceso. Se contabilizan cerca de 278 reformas y alrededor de 770 modificaciones a sus artículos. De los 136 preceptos originales, 117 han sido alterados al menos una vez. Es cierto que algunas enmiendas han resultado necesarias y benéficas; no obstante, muchas otras parecen responder a intereses coyunturales, debilitando la coherencia y el espíritu original del texto.
Hoy, más que un documento armónico, la Constitución se ha convertido en un texto voluminoso y disperso. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿no será momento de convocar a un Congreso Constituyente que, con visión histórica y responsabilidad republicana, redacte una nueva Carta Magna acorde con los desafíos del siglo XXI? Tal decisión exigiría la elección específica de representantes con ese único propósito, garantizando un debate profundo y plural.
En medio de esta reflexión también resulta lamentable que, siguiendo la práctica estadounidense, la conmemoración del 5 de febrero se traslade al primer lunes del mes para favorecer el descanso. Esta medida diluye el sentido histórico de la fecha. Es indispensable fortalecer en niños y jóvenes los valores patrióticos y el respeto a nuestros símbolos nacionales.
La Constitución Política no es un simple compendio normativo: es el pacto fundamental que da sustento a la República. Como símbolo supremo de nuestra identidad jurídica y política, merece homenaje en el día exacto de su nacimiento y, sobre todo, respeto en su aplicación cotidiana.