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Hay facciones internas y células locales que configuran un entramado criminal mucho más amplio y fragmentado
Ana E. Rosete
La narrativa oficial y mediática suele reducir el mapa del narcotráfico en México a dos grandes estructuras nacionales: el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación, el cual se verá debilitado tras el abatimiento de su líder Nemesio Oseguera, “El Mencho”. Sin embargo, debajo de esos bloques opera una red compleja de organizaciones regionales, facciones internas y células locales que configuran un entramado criminal mucho más amplio y fragmentado.
No todos son cárteles con presencia nacional. Pero todos inciden en la violencia territorial.

Entre las estructuras que marcaron una etapa y posteriormente se fragmentaron destacan Los Zetas, cuya expansión en el noreste derivó en nuevas escisiones como el Cártel del Noreste, y Los Caballeros Templarios, surgidos de la antigua Familia Michoacana y desarticulados tras la captura de sus principales líderes.
Aunque debilitadas como estructuras nacionales cohesionadas, estas organizaciones dejaron células armadas que continúan operando en regiones específicas.
En distintos estados se consolidaron organizaciones con control territorial focalizado:
Cártel de Caborca, activo en Sonora en disputas por rutas fronterizas. Cártel Independiente de Acapulco, surgido tras la caída del Cártel de los Beltrán Leyva y con influencia en el puerto.
Estos grupos combinan narcotráfico con extorsión, tráfico de migrantes, cobro de piso y control de economías locales.
Las facciones internas
Dentro del propio Cártel de Sinaloa operan corrientes que han protagonizado disputas internas y reacomodos de poder: Los Chapitos, identificados como la facción ligada a los hijos de Joaquín Guzmán. La Mayiza, vinculada a la estructura histórica de Ismael Zambada. Los Salazar, brazo operativo en Sonora.
A ellas se suman células referidas en disputas regionales como “Los Rusos” o “La Chokiza”, denominaciones empleadas para identificar grupos armados con influencia local dentro del noroeste.
Estas facciones no constituyen cárteles independientes, pero sí estructuras con capacidad operativa propia.
Células urbanas y pandillas
En el ámbito metropolitano y fronterizo también operan grupos con impacto focalizado: Cártel de Tláhuac, debilitado tras la muerte de su principal líder en 2017, aunque con remanentes locales. Barrio Azteca, pandilla transfronteriza históricamente vinculada al Cártel de Juárez. Denominaciones como “Los Alemanes”, utilizadas en ciertas regiones para identificar células específicas sin estructura nacional consolidada.
Un mapa en constante mutación
La proliferación de nombres no significa necesariamente la existencia de decenas de cárteles nacionales con el mismo peso. Significa, más bien, un fenómeno de fragmentación constante. Cada captura relevante o ruptura interna genera nuevas siglas, liderazgos y alianzas.
México enfrenta hoy no solo a dos grandes organizaciones con alcance internacional, sino a una constelación de grupos regionales, facciones internas y células locales que operan bajo lógicas territoriales distintas.
La complejidad del mapa criminal no radica únicamente en su tamaño, sino en su capacidad de transformarse. Cada división interna, cada disputa territorial y cada vacío de poder puede dar origen a una nueva estructura.
En esa dinámica permanente de fragmentación se explica, en buena medida, la persistencia de la violencia.