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Por Eduardo López Betancourt
Merece la isla cambios globales
Debo confesar mi profunda convicción, respeto y admiración por la Revolución cubana. Estuve presente en la histórica Segunda Declaración de La Habana, el 4 de febrero de 1962, acto en el que se definió el rumbo socialista de la Isla, decisión que perturbó e indignó a Estados Unidos. Saludé y admiré en diversas ocasiones a Fidel Castro; con menor frecuencia abracé a Raúl Castro y al enigmático Che Guevara. Este último no era afecto a la cercanía personal, circunstancia que influyó en su salida de Cuba debido a diferencias con Fidel.
Más allá de esos encuentros, mi relación fue fraterna. Conservé un afecto sincero, hasta su muerte, con el “Gallego Fernández”, héroe de Playa Girón. Comprendí que el socialismo se convirtió en una realidad tangible: la formación de todo un pueblo se orientó bajo esos principios y la dignidad nacional alcanzó niveles notables. La enseñanza constituyó un pilar esencial. Participé en el primer evento pedagógico con una ponencia, de la cual aún me siento orgulloso, sobre la formación docente. Posteriormente inicié en la isla el denominado Congreso Internacional de la Sociedad Cubana de Ciencias Penales. Respaldé de manera constante ese proceso trascendente y recibí generosos reconocimientos.
Sin embargo, la muerte de Fidel y de sus principales colaboradores transformó de manera significativa el curso de los acontecimientos. Hoy, la nación enfrenta una etapa distinta que exige decisiones de fondo. No es admisible que su población continúe soportando sacrificios derivados de posturas rígidas o determinaciones inflexibles.
Cuba, y especialmente su gente, merece encaminarse hacia los cambios globales que imponen nuevas perspectivas de desarrollo.
La Isla posee riqueza en múltiples ámbitos; todo depende de comprender las dinámicas internacionales en materia económica. Argentina, por ejemplo, aun con una tradición de fuerte intervención estatal, ha debido modernizarse y adaptarse a las exigencias vertiginosas de nuestro tiempo. En esa dimensión, Cuba podría avanzar mediante el diálogo y los acuerdos políticos indispensables, dejando atrás actitudes recias o absolutistas.