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Por Eduardo López Betancourt
Deben ser de enseñanza libre
La reciente destitución del responsable de la elaboración de los libros de texto gratuitos ha desatado un amplio debate público. Según diversas versiones, desde esa posición se habría intentado orientar los contenidos hacia una línea de adoctrinamiento ideológico. De ser cierto, estaríamos ante un hecho preocupante: los niños y jóvenes no pueden convertirse en receptores pasivos de consignas ni en instrumentos de propaganda.
La educación, por mandato constitucional, debe ser científica, democrática e incluyente; pero, sobre todo, ajena a cualquier sesgo doctrinario. Desde la creación de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, el objetivo fue garantizar materiales con rigor académico y pluralidad, sin imponer una visión política determinada. Los estudiantes deben conocer las distintas corrientes del pensamiento, pero nunca ser conducidos a abrazar una en particular. Así lo establecen los principios del artículo tercero constitucional, que consagran una enseñanza libre de imposiciones partidistas.
Nada resulta más nocivo para un régimen que utilizar la educación como plataforma de autoelogio o de exaltación personalista. La formación cívica no puede convertirse en vehículo de culto al poder. Corresponde al ciudadano, una vez alcanzada la madurez, evaluar gobiernos y decidir sus preferencias; jamás al Estado inducir esa decisión desde el aula.
El funcionario removido (quien incluso habría desconocido la instrucción de separarse del cargo) fue señalado por intentar incorporar lineamientos presuntamente inspirados en el marxismo y por promover homenajes a un gobernante en turno. Se desconocen las causas formales de su salida; sin embargo, todo servidor público está sujeto a nombramiento y remoción conforme a la ley. Los cargos no son patrimonio personal ni trincheras de resistencia.
También preocupa que el servicio exterior se utilice como refugio de funcionarios cuestionados, como el reciente caso de Gertz.
La diplomacia mexicana exige profesionalismo, honorabilidad y prestigio. Convertirla en destino de compensaciones políticas debilita su misión y desprestigia al Estado.
En suma, la educación pública debe permanecer como espacio de conocimiento, pluralidad y libertad crítica. La escuela no es territorio para la propaganda, sino semillero de ciudadanos informados, capaces de pensar por sí mismos y de decidir su propio destino.