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REDACCIÓN
El sur del Estado de México enfrenta una emergencia silenciosa que golpea directamente a las economías familiares del campo. El Gusano Barrenador del Ganado dejó de ser una advertencia para convertirse en una realidad que carcome la tranquilidad de productores en municipios como Tlatlaya, Amatepec, Tejupilco, Luvianos, Sultepec, Otzoloapan y Santo Tomás.
Aunque los primeros indicios surgieron desde finales del año pasado, la respuesta institucional se activó semanas después, cuando la plaga ya había avanzado.

De acuerdo con cifras oficiales, se han confirmado 120 casos, de los cuales 59 permanecen activos. Sin embargo, en las comunidades el número real podría ser mayor, pues muchos productores carecen de acceso inmediato a atención veterinaria o desconocen los protocolos para reportar la enfermedad. Mientras tanto, el ganado presenta heridas profundas, infecciones y un deterioro acelerado que pone en riesgo la producción local.
La estrategia gubernamental se concentró en el despliegue de cuadrillas veterinarias y la instalación de trampas para la mosca transmisora, pero estas acciones llegaron tarde. Los gobiernos municipales, responsables de la atención inmediata en territorio, fueron rebasados por la situación y dejaron a los ejidatarios enfrentando solos la emergencia durante semanas críticas.

Aunque se entregaron medicamentos y se impartieron capacitaciones, los apoyos no compensan el retraso inicial ni la falta de una política preventiva sólida. Para muchas familias, el daño económico ya es irreversible: menos animales sanos, menor producción y un futuro incierto. En el campo mexiquense, la queja se repite con resignación: la ayuda llegó cuando el gusano ya había hecho su trabajo.