Síguenos

¿Qué estás buscando?

Voces

Desde el poder

152 lecturas

Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

Qué fácil resulta para un gobernante, cuando se encuentra en pleno ejercicio del poder, descalificar, ofender, maltratar e incluso humillar a quienes gobierna.

Conozco a Layda Sansores San Román, desde hace no menos de cuarenta años. Siempre me identifiqué plenamente con ella y con su esposo, Romeo Ruiz Armenta, actual embajador de México en Guatemala.

Me parecieron, desde entonces, una pareja extraordinaria: ella, de carácter directo y espectacular; él, poseedor de una inteligencia notable, prudente, observador y gran conversador.

Hoy, Layda Sansores, en su calidad de gobernadora de Campeche, se ha visto envuelta en diversas consideraciones y señalamientos, particularmente cuando se le critica e incluso se le acusa de persecuciones contra sus adversarios. Tales hechos deben ser motivo de análisis y reflexión, y sobre todo, no deberían convertirse en impedimento para que continúe con éxito su destacada carrera política, la cual, al margen de todo, es plenamente independiente del poder que en su momento ejerció su padre.

Insisto: Layda tiene luz propia. Estoy cierto de que, por su talento innato, deberá valorar la importancia de una comunicación necesaria y abierta con todos sus gobernados, incluso con aquellos de quienes discrepa. Lo que nunca debe ocurrir es que, desde el poder, se genere un ambiente de confusión, confrontación o animadversión que no le es propio ni le beneficia.

Debo admitir que, en otros ámbitos del poder en México, se presenta un fenómeno nada deseable: quien se encuentra en la cumbre jamás debe olvidar que el poder es pasajero. Nada resulta más inconveniente que dejar la huella de haber actuado de manera arbitraria, y menos aún, de haber descalificado u ofendido a quienes se consideran rivales, o peor todavía, de haberlos perseguido por el simple hecho de no coincidir.

A ningún gobernante le es dable concebir la existencia de opositores como enemigos. Si estos existen, deben ser atraídos con inteligencia, entendiendo que llegar a la cima obliga a mantener una conducta de acercamiento, diálogo y comprensión. El poder debe ejercerse con inteligencia y generosidad, dejando siempre constancia de respeto hacia quien fue vencido, reconociéndolo como un rival digno.

En síntesis, resulta plenamente vigente el apotegma religioso: “atender con afecto a las ovejas perdidas o descarriadas”.

Te puede interesar

Advertisement