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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Evelyn Salgado Pineda, gobernadora del de Guerrero, tiene en su haber dos señas inequívocas: la ingratitud y la traición.
A la entidad suriana le consta mi intervención definitiva para que Evelyn se convirtiera en la primera mandataria es-tatal. Llevarla al poder implicó, desde el inicio, una tarea fundamental: buscar la ansiada unidad guerrerense. En mi calidad de artífice de lo que fue, en términos reales, un triunfo pírrico, resultaba indispensable convocar a todas las fuerzas políticas de la entidad. Esa fue mi responsabilidad.
No hubo actor con representación en Guerrero que no fuera convocado para ese propósito. Ahí estuvieron go-bernadores destacados, líderes de opinión, periodistas, medios de comunicación y sectores académicos de alto nivel. Este hecho histórico fue consignado por un importante rotativo nacional. Siempre entendí que esa labor de unidad exigía dos valores esenciales: comprensión y respeto. Esos fueron los compromisos que Evelyn asumió.
Sin embargo, al llegar al poder, embaucada por la influencia perversa de su padre y envuelta en el pleno goce del autoritarismo, Evelyn comenzó a traicionar uno a uno los compromisos adquiridos con las fuerzas políticas de la entidad. Se olvidó de ellas y descendió a la bajeza. Lamentablemente, en mi carácter de garante de aquella unidad, recibí múltiples quejas por actos verdaderamente ofensivos cometidos desde el ejercicio del poder por la mandataria.
En lo que a mí respecta, su conducta solo puede encuadrarse en la ingratitud, uno de los peores defectos del ser humano. Llegó incluso a descalificarme, cuando en el pasado me profesaba un afecto desmedido y me consideraba su “tío”, relación alentada por su propio padre, quien me otorgó el título de “hermano mayor”. El desenlace fue penoso.
Formó un gabinete de una mediocridad extrema e incluyó en él, en contra de mi voluntad y consejo, a personajes siniestros. Hoy, el gobierno de Evelyn Salgado dejará como saldo una administración fallida: corrupción y nepotismo; pobreza extrema alcanzando cifras insospechadas; y una acumulación de riquezas mal habidas que ofende a un pueblo históricamente lastima-do.
Este es el gran fracaso de una gobernadora que decidió hacer de la traición, la ingratitud y la corrupción su huella.