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Por Eduardo López Betancourt
Abogada y goberanadora
Evelyn Salgado Pineda es una abogada a quien conocí desde muy pequeña. La incursión de su padre en la llamada nueva política fue un proceso que, en buena medida, me permití impulsar. Para entonces, él ya se había retirado de la actividad política directa para dirigir un periódico local en la ciudad y puerto de Acapulco. Este hecho es evidente, tan es así que no fue fundador del partido Morena en la entidad suriana.
Impulsé su candidatura al Senado de la República, siempre bajo la promesa reiterada de que cambiaría su conducta y dejaría atrás una historia ampliamente conocida: la de un personaje marcado por el alcoholismo, la pendencia, la agresividad y los pleitos callejeros, sin omitir las graves imputaciones, algunas ciertas, que se le han hecho por vínculos con el narcotráfico y por delitos sexuales.
Evelyn estudió Derecho en el estado de Morelos, donde residía junto con sus hermanas, aunque nunca dejó de mantener lazos en Acapulco. Posteriormente se desempeñó como directora del DIF municipal durante el periodo en que su padre, personaje siempre controvertido, fungió como alcalde.
A lo largo de diversos tropiezos sentimentales, Evelyn mantuvo un acercamiento constante con mi familia. Cuando su padre fue descalificado por el Tribunal Federal Electoral, reconozco que fui yo quien le propuso que ella fuera la candidata. Tenía conocimiento de un impedimento formal, dado que en ese momento era funcionaria del gobierno del licenciado Héctor Astudillo Flores, quien, con la generosidad que lo ha caracterizado, decidió omitir dicha formalidad. A ello se sumó el respaldo indiscutible del doctor Nazarín Vargas Armenta, entonces Consejero Presidente del Instituto Electoral, quien intervino de manera decisiva para facilitar el camino hacia una candidatura que, por primera vez, recaería en una profesionista.
Durante la breve campaña, Evelyn sostuvo acercamientos constantes y definitivos. Mi domicilio en el puerto de Acapulco se convirtió, de facto, en casa de campaña. Enfrenté una diversidad de descalificaciones e incluso severas impugnaciones. Mi despacho, junto con el del doctor Flavio Galván Rivera y el del licenciado Gonzalo Mardueño Lara, logró combatir con pasión y eficacia todas las dificultades jurídicas, sociales y políticas que se presentaron.
El resultado electoral fue paupérrimo. No obstante, se instrumentaron tácticas cuidadosamente diseñadas para salir adelante. No fue fácil, pero el desenlace es conocido: Evelyn Salgado resultó electa gobernadora. En su momento, declaró públicamente que mantendría una relación cercana conmigo, por el bien de Guerrero, bajo el entendido de que no ocuparía cargo alguno dentro del gobierno estatal. Mi apoyo sería estrictamente institucional, como consejero honorario y sin percepción económica. Así lo acordamos su padre, Evelyn y yo.
Sin embargo, lo que siguió fue la ingratitud. Y, finalmente, la traición.