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El robo que no grita, pero vacía las arcas

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Por Ana E. Rosete

El problema no es el partido.

Escribo esto desde la incomodidad. Desde el lugar donde una sabe que lo que encontró no es un error aislado ni una “mala interpretación administrativa”, sino una práctica que se repite porque alguien decidió que podía salirse con la suya. Llevo años revisando números en la política capitalina y hay algo que aprendí pronto: la corrupción más rentable no es la escandalosa, es la que pasa desapercibida. El sobrecosto. Ese pequeño ajuste que no prende focos rojos, pero que, acumulado, se convierte en una fuga constante de dinero público. El robo hormiga del erario.

En semanas recientes detecté sobrecostos en la administración de Carlos Orvañanos en Cuajimalpa, alcalde del PAN, y también en Azcapotzalco, bajo el gobierno de Nancy Núñez, de Morena. Dos partidos distintos. Dos discursos opuestos. Y, sin embargo, el mismo patrón: precios inflados, servicios pagados por encima de su valor real, contratos diseñados para que la diferencia no se note… pero se cobre.

Aquí es donde hay que decirlo sin rodeos: no es el partido el que corrompe. No es el PAN ni Morena como entes abstractos. Son las personas. Son los funcionarios y funcionarias que, teniendo la responsabilidad de administrar recursos públicos, deciden conscientemente hacer las cosas mal. Deciden subir un poco el costo. Deciden estirar la factura. Deciden aprovechar la opacidad. Porque el sobrecosto no es un accidente. Es una decisión.

El truco es sencillo: no inflar demasiado. Que no se vea grotesco. Que parezca “razonable”. Diez por ciento aquí, quince allá. Lo suficiente para tener margen sin levantar sospechas. Y así, contrato tras contrato, el presupuesto se va diluyendo sin que nadie haga una escena. Lo más grave es el efecto acumulado. Me indigna porque he visto cómo este tipo de prácticas se justifican con cinismo. “Así se hace en todos lados”. “No es ilegal”. “No está fuera del tabulador”. Pero lo legal no siempre es ético, y lo permitido no es lo correcto; la política capitalina no necesita más discursos sobre honestidad. Necesita que quienes gobiernan —sean del color que sean— entiendan que el verdadero saqueo no siempre se da con grandes escándalos, sino con pequeñas decisiones cotidianas que nadie quiere revisar.

El problema no es el partido.

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