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Por Jorge Gómez Naredo
@jgnaredo
Cuando Andrés Manuel López Obrador perdió las elecciones (fraudulentas) de 2012, parecía el fin de su carrera política. El PRI recuperaba, después de 12 años de gobiernos del PAN, la presidencia de la República. Además, López Obrador acumulaba ya dos derrotas —ambas, producto de fraudes— y todo indicaba que su tiempo había pasado.
Además, días después de la elección, el tabasqueño rompió con el PRD y se concentró en la fundación de Morena, un proyecto que entonces se veía cuesta arriba: implicaba un esfuerzo gigantesco. En ese momento, 2012, todo indicaba que los partidos de siempre se iban a consolidar.
Catorce años después, el panorama es completamente distinto. Morena ha ganado dos veces la presidencia de la República, detenta la mayoría de las gubernaturas y tiene el control de las cámaras de Diputados y de Senadores.
Pero no solo eso: el PRI y el PAN, partidos que antes fueron hegemónicos, hoy son organizaciones con poco impacto electoral. Y el PRD ya desapareció. Morena, pues, se ha convertido en el partido hegemónico de México, y no se ve, en el futuro cercano, un cambio de esa tendencia.
Lo ocurrido desde 2012 no es únicamente un relevo de siglas en el poder; es un cambio profundo en la estructura política del país. El PRI y el PAN pertenecen a un tiempo que ya no existe, y no han logrado transformarse para convertirse en una opción viable.
No son competitivos electoralmente, carecen de un proyecto de nación claro, sus liderazgos están desprestigiados y su estrategia como oposición ha sido no solo errática, sino suicida.
En síntesis: el PRI y el PAN no han podido adaptarse al nuevo tablero político y tampoco han querido entender que, si quieren sobrevivir, necesitan una transformación de fondo.
Morena hoy no tiene competidores reales: camina solo. Y el PRI y el PAN, más que en un proceso de reestructuración, parecen estar en uno de desaparición.
Y esto, sin duda, lo planeó AMLO y lo logró —algo digno de estudio— en tan solo 14 años.