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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
El aire espeso de la colonia Tepexpan Centro, en Acolman, se rasgó con el chirrido de herramientas mordiendo acero.
Allí, en un predio de puertas abiertas como una herida, cuatro sombras se movían entre las entrañas de un gigante de la carretera: un tractocamión mutilado, su cabina abierta en canal y vísceras de cableado expuestas. No eran mecánicos. Eran carniceros del asfalto, sorprendidos in fraganti por el certero operativo de la SSEM.

La sangre del delito no era la de un cuerpo, sino la de un motor aceitoso, el fluido vital del comercio ilegal. José N, Luis N, Silvestre N y Pablo N, nombres que la autoridad oculta tras una inicial, trabajaban con morbo profesional, despojando al coloso de todo valor. El GPS de la unidad, robada a inicios de febrero, fue el rastro de vida que guió a los agentes hasta este matadero de chatarra. “Parecían buitres sobre la bestia muerta”, relató con voz temblorosa un vecino que prefirió el anonimato, consternado por el descubrimiento de que su calle albergaba tal morbo criminal. “De día todo en silencio, de noche se oían las sierras y los golpes”.
El predio, ahora sellado y bajo la custodia fría de un uniformado, guardaba más secretos: otros vehículos, fantasmas de dueños legítimos, esperaban su turno para ser descuartizados. La pesquisa sugiere que José y Luis N eran los veteranos en este oficio macabro. Presentados ante el MP en Texcoco, su destino se decide entre rejas, mientras el tractocamión, como un trofeo de guerra contra el hampa, espera ser reclamado por su dueño, testimonio mudo de una industria subterránea bañada en la oscuridad y el metal robado.
