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Santiago Gallón Henao, narcotraficante de 46 años, señalado como exsocio de Pablo Escobar, fue asesinado a tiros en un restaurante de un centro comercial en Interlomas
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
En el Estado de México la opulencia se manchó de rojo en Interlomas. Entre mesas finas, copas a medio llenar y música ambiental, la muerte irrumpió sin aviso.
Santiago Gallón Henao cayó fulminado a balazos dentro de un restaurante de Magnocentro; su cuerpo quedó tendido junto a la entrada, mientras la sangre se abría paso sobre el piso pulido, como una firma brutal del crimen organizado.
Eran cerca de las seis de la tarde cuando un sujeto en motocicleta se detuvo, descendió con calma y caminó directo hacia su objetivo. Sin discusión ni forcejeo, levantó el arma y disparó a quemarropa. Dos, tres detonaciones secas bastaron. El sicario salió corriendo y se perdió entre el tráfico, dejando gritos, platos rotos y pánico absoluto.
“Todo fue rapidísimo. Sonaron los balazos y vimos al hombre caer. Había sangre por todos lados”, relató un comensal aún en shock. Un mesero añadió: “Aquí viene gente a sentirse segura, a gastar. Hoy entendimos que nadie está a salvo”. El terror se apoderó del centro comercial; familias corrieron, persianas bajaron y el lujo quedó paralizado.
Gallón Henao no era un cliente común. Bajo la fachada de empresario ganadero y residente legal en México desde 2019, se escondía un viejo nombre del narcotráfico colombiano. Investigaciones lo ligan a redes internacionales de droga y a alianzas criminales en territorio mexiquense, particularmente con la Familia Michoacana. Su pasado lo alcanzó en plena zona exclusiva.
Horas después, familiares provenientes de Colombia, identificaron el cuerpo. La Fiscalía mexiquense inició las indagatorias, mientras peritos levantaban casquillos y revisaban cámaras. En la escena quedó claro el mensaje: fue una ejecución precisa, un ajuste de cuentas sin margen de error.
Vecinos lo resumen con miedo y rabia: “Si aquí ejecutan a un capo, ¿qué nos espera a los demás?”. En Interlomas, el lujo intentó seguir su curso, pero la sangre derramada recordó que el narco no conoce fronteras ni respeta vitrinas.